revista ISTMO

Subjetividad femenina: Más allá de un cuerpo de mujer

Mª Daniela Ibacache Q. y Valentina Scholjberg G.1

Las mujeres (…) no dicen “nosotras”; los hombres dicen “las mujeres” y éstas toman estas palabras para designarse a sí mismas; pero no se sitúan auténticamente como Sujeto

(Simone de Beauvoir)

Estas palabras son escritas por una mujer. Resulta curioso —si uno se detiene cuidadosamente en este párrafo— notar que, a pesar de que Simone de Beauvoir denuncia nuestra incapacidad de apropiarnos de lo femenino y desde ahí tomar nuestro lugar, comience su afirmación hablando de las mujeres, como si ella misma no fuera parte del nosotras. ¿Es que no se siente una más? O, ¿Es que el único lugar autorizado para hablar de “las mujeres” excluye el “nosotras”? ¿Es posible para nosotras hablar de “nosotras”? o, ¿Sólo nos es posible situarnos sujetas del discurso de los hombres para referirnos a nosotras y es esto lo que la autora quiso demostrar?

A lo largo de la historia, la posibilidad de referirnos a nosotras mismas como “mujeres”, se ha presentado como un impasse. Se podría pensar que luego de años de servidumbre y silencio, las mujeres tendríamos mucho que revelar respecto de nuestra naturaleza. Es probable que siempre se haya hablado de las mujeres. Es probable que los hombres siempre hayan hablado de ellas. Sabemos que se cuestionaron, teorizaron y llegaron a plantear a la mujer como el gran enigma.

(…) en efecto, incluso la vida sexual de la mujer adulta sigue siendo un dark continent (continente desconocido)2 para la psicología

¿Dónde estábamos nosotras? Lo cierto es que en un comienzo no teníamos voz, pero da la impresión de que ahora que aprendimos a hablar, no podemos decir “nosotras”. Hemos pasado de escondernos tras el silencio a refugiarnos tras el discurso de los hombres.

¿Qué calla una mujer? Cabe preguntarse si el tema de la mujer como enigma no es más que un mito, en tanto construcción ficticia que permite superar el impasse. El hecho de situarse desde el discurso del hombre puede ser su estrategia (de la mujer) para darse un lugar. Diciéndose al no decirse. Existiendo en el silencio. O, quizás es más simple: no hay nada (más) que decir.

Toril Moi (2002) ha escrito: ‘es tiempo de renunciar a la fantasía de encontrar la clave del “enigma de la femeneidad”. Las mujeres no son esfinges. No hay enigma alguno por resolver3

En este punto, cabe ser cuidadosos, ya que no es lo mismo hablar de La mujer que decir Las mujeres. Supongamos que Moi tiene razón, y no haya nada que descubrir en las mujeres, pongamos pues el enigma en La mujer y veamos qué podemos decir de Las mujeres, pues el hecho de que no haya enigma por resolver no implica que no haya nada que decir de ellas.

¿Hay alguna diferencia entre decir “nosotras” y hablar de “las mujeres”? ¿Tiene alguna importancia hacer la distinción entre La mujer y Las mujeres?. En una primera lectura podríamos pensar que decir La mujer o Las mujeres es exactamente lo mismo. Si bien, mujer es singular, el artículo que la acompaña —La— hace referencia a todas. Es una abstracción que refiere a todas las mujeres pero a ninguna en particular. Así, si decimos que “La mujer es un enigma”, estamos hablando de La mujer como construcción supraindividual, no pudiendo tomarlas una a una. En la medida que La mujer es un enigma, todas pueden serlo. Por otro lado, hablar de Las mujeres, también implica hablarlas a todas al mismo tiempo, pero no de la misma forma. Mujeres es el resultado de una mujer + una mujer + una mujer + …, etc. Cada mujer es incluida en Las mujeres, pero continua existiendo como una mujer. Esta generalidad está conformada por particularidades. La mujer, en cambio, es un universal. Se aplica a todas las mujeres por igual, por tanto, no da lugar a la particularidad de cada una (mujer).

A modo de simplificación, imaginemos. La representación de Las mujeres, podría ser algo así como un gran saco lleno de mujeres. En cambio, llegar a La mujer significaría tomar este saco y fundirlo para formar Una sola, La mujer. De Las mujeres se puede llegar a La mujer, pero el camino inverso es imposible; Las mujeres han dejado de existir.

¿Hay siquiera mujeres?4

Podría resultar paradójico que dos mujeres afirmen lapidariamente que Las mujeres han dejado de existir. Y es que estamos hablando desde un lugar que nos excluye, a saber, desde el discurso masculino. Si nos es posible afirmar la inexistencia de Las mujeres es porque no es lo mismo hablar de “Las mujeres” que decir “nosotras”. Hablar de Las mujeres es hablar de otras, decir “no-s-otras” implica poner en juego la propia subjetividad. Precisamente, Las mujeres han dejado de existir porque ha emergido el nosotras.

Desde la teoría psicoanalítica, el abordaje que se realiza con respecto a lo femenino es siempre en referencia a las mujeres, aun cuando sean mujeres las que escriban. El desciframiento del enigma del alma de la mujer es una tarea que Freud inaugura. En 1925, durante el análisis de Marie Bonaparte, se cuestiona acerca del deseo femenino. ¿Qué quiere una mujer? serála pregunta a la que jamás podrá dar respuesta, a pesar de sus intentos, perdiéndose en múltiples caminos. Será Freud mismo el que señala que, pese a sus 30 años de investigación analítica, no le fue posible establecer la esencia de lo femenino. Desde esta época han existido diversos acercamientos a la esencia de lo femenino, sin embargo, la pregunta sigue abierta. La mujer continúa en el Misterio, velada. Un “dark continent”.

¿Por qué la insistencia de teorizar acerca de lo femenino? En cierta forma, todo intento de generalizar respecto de lo femenino tiene como consecuencia la desubjetivización de cada mujer. Hay algo de este una a una que se pierde al hablar de las mujeres. En este caso, el todo es menos que la suma de sus partes. Tratar de explicar a las mujeres, desde un discurso masculino, no las des-cubre, sino por el contrario.

(…) se cubre a las mujeres porque La mujer no se puede descubir5

Si teorizar acerca de La mujer desde un Las mujeres no ha podido dilucidar el enigma de lo femenino, ¿podrá el nosotras superar el impasse? Más allá de esto, ¿es posible llegar a establecer algo del orden de lo femenino?

En 1912, Freud afirma que La anatomía es el destino6. Pensar lo femenino a la luz de esta frase es conceptualizarlo principalmente como un cuerpo. Así, se nace hembra o macho7. Si el cuerpo es el que marca el camino hacia la feminidad, entonces no habría cabida para pensar una subjetividad que determine el ser mujer. Todo estaría dicho por el cuerpo.

Para Freud la diferencia sexual es el resultado de la “interpretación” por parte del sujeto de la diferencia sexual anatómica, para usar la expresión de Jacques Lacan, de “una elección obligada”8

Cuerpo de mujer. Un cuerpo. Resulta lógico comenzar hablando del cuerpo si pensamos que al momento de nacer, nace un cuerpo. De él se dice “es una niña”. Así, la primera sentencia respecto de la sexualidad se basa en lo anatómico. Bajo esta mirada, no tiene sentido plantear a la mujer como un enigma.

Introducir la noción de cuerpo sexuado, implica comprender la sexualidad no reducida a la actividad genital-reproductiva. Freud, a pesar de reconocer excitaciones genitales precoces, también postula la existencia de excitaciones que producen un placer independiente e irreductible a la satisfacción de necesidades fisiológicas. Aún cuando se trata de un placer que no remite a la satisfacción de necesidades biológicas, sino más bien al orden de lo sexual, las excitaciones que lo producen están ligadas al cuerpo. Por ello, decimos que en un comienzo somos sólo cuerpo. Un cuerpo sexuado: cuerpo de mujer, pero no sexualidad femenina. Si pensamos que nace un cuerpo sexuado, no resulta tan descabellada la validez del postulado freudiano.

Sin embargo, la teoría freudiana evoluciona. A lo largo de los años, Freud da mayor importancia a los procesos psíquicos que determinan el desarrollo, en un intento de dejar atrás esta visión biologicista9.

Freud busca a la mujer desde un comienzo. Aunque a hurtadillas, aborda el tema de lo femenino a través de sus desarrollos teóricos y el tema de la diferencia sexual se vuelve central. Pero Ella es escurridiza y no se deja encontrar. Y es que ¿Es posible dar cuenta de una subjetividad femenina a partir de la diferencia anatómica? He aquí la esencia del impasse.

A pesar de sus intentos, sólo logra describir el proceso de cómo la niña deviene mujer. Aún cuando describe algunos rasgos aislados de la vida psíquica adulta de la mujer, ¿Qué es ser mujer? Queda sin respuesta. Pareciera no poder ir más allá del cuerpo para dar lugar a la subjetividad, como si no hubiese abandonado por completo su premisa: la anatomía marca el destino. Pero esto no es suficiente.

Así, pues, todo ser humano hembra no es necesariamente una mujer; tiene que participar de esa realidad misteriosa y amenazada que es la feminidad10

Desde aquí nos es válido señalar que consideramos que la formación de Freud como médico ha contribuido al impasse que media entre el cuerpo de mujer y la subjetividad femenina. Freud, nunca dejó de ser el “Doctor Freud” al momento de abordar esta temática. Aunque, quizás no se trate de un impasse sino un pase inevitable por el cuerpo para llegar a construir una subjetividad femenina.

Por otro lado, ¿es posible pensar la construcción de una subjetividad, sin considerar los aspectos sociales que en ella están implicados? ¿Es esta otra de las dificultades que Freud enfrentó?

No estamos afirmando que Freud haya omitido lo socio-cultural en sus desarrollos teóricos. Indudablemente podemos reconocer componentes antropológicos en la construcción de conceptos centrales como Complejo de Edipo y Complejo de Castración, así como en la noción de herencia filogenética11, para explicar ciertos procesos psíquicos12. Por otro lado, lo cultural es considerado por Freud como un factor importante en la etiología de las neurosis, dado el papel que juega en la domesticación de la pulsión sexual13 y las consecuencias que esto tiene en la vida del sujeto. Sin embargo, al momento de abordar el tema de la mujer, lo socio-cultural tiene un lugar periférico en su obra, asociado más bien a las patologías que desarrolla la mujer (histeria, frigidez, entre otras) más que a las consecuencias que el contexto social pueda tener para el desarrollo psicosexual de ella.

Si bien este trabajo no se basa prioritariamente en el aspecto social, consideramos que es inevitable referirnos a éste al momento de construir una subjetividad, sea femenina o masculina.

Los contextos socio-culturales van cambiando y es esto lo que no debemos olvidar al momento de leer a Freud. Por ello nos cuestionamos qué validez tienen hoy, para nosotras, sus postulados en relación a la feminidad. ¿Somos las mismas mujeres con las que él se encontró cien años atrás? Si no es así, ¿qué (quién) ha cambiado? Es indudable que la sociedad victoriana de comienzos del siglo XX no es la misma que la de hoy, ¿en quése traduce este cambio para nuestro desarrollo como mujeres?

Para la teoría psicoanalítica, la sexualidad es uno de los pilares fundamentales para el desarrollo de los sujetos. A lo largo de la historia, nosotras en tanto mujeres hemos ocupado distintos lugares desde donde ciertas relaciones con la sexualidad han sido planteadas como legítimas. Esto no deja de ser relevante a la hora de pensar cómo éstas han determinado el ejercicio de nuestra propia sexualidad. Pero se trata de algo aún más básico, la imagen desde la cual nos relacionamos con nuestro propio cuerpo está profundamente marcada por lo social.
Hablar de subjetividad es introducir lo simbólico y, por tanto, lo social. Así, creemos que la construcción de una subjetividad femenina —debe partir por el cuerpo, pero no quedarse en él.

Si el cuerpo se presenta como un obstáculo —en Freud— al momento de encontrar la esencia de lo femenino, la salida podría hallarse en Lacan, al postular una lógica que permite el posicionamiento masculino y femenino, independiente del sexo biológico.

Con las preguntas anteriores, iniciamos el recorrido hacia la construcción de una subjetividad femenina. Más allá de proponer una relectura de Freud, intentaremos acercarnos a aquello de lo femenino que se constituyó para él y su teoría, en punto ciego. Si lo femenino fue para él un punto ciego, o si sus puntos ciegos le impidieron dar con lo femenino, lo descubriremos en el camino. En este momento sólo podemos decir que Lacan se presenta para nosotras como la salida obligada al impasse freudiano.

  1. Alumnas Tesistas Escuela de Psicología PUCV; Extracto de Tesis “Construcción de ‘identidad’ femenina en la mujer desde Freud y Lacan [volver ↩]
  2. FREUD, S. (1925). Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos. Obras Completas. AE Vol. XIX Pág 262. [volver ↩]
  3. ALIZALDE, M. (2002). La mujer y la pregunta histórica. Revista “Actualidad Psicológica”.Año I Nº 7 Pág. 15. [volver ↩]
  4. DE BEAUVOIR, S. (1999). El segundo sexo. Editorial sudamericana S.A Pág. 15 [volver ↩]
  5. MILLER, J-A. (1993). De mujeres y semblantes. Cuadernos del Pasador. Pág.85. [volver ↩]
  6. FREUD, S. (1912). Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa. Obras Completas. AE Vol. XII Pág. 183. [volver ↩]
  7. Decimos “hembra” y “macho” para resaltar el sentido biologicista que Freud otorga al tema. [volver ↩]
  8. CARBONELL, N y Segarra, M. (2002). Psicoanálisis y Diferencia Sexual. Lectora. Revista de Mujeres y Textualidad. Universidad de Barcelona. Pág. 7 [volver ↩]
  9. Los trabajos de Metapsicología escritos por Freud, reflejan este intento. Véase, por ejemplo, “Lo inconsciente”(1915), “Pulsión y destinos de pulsión” (1915), “La represión” (1915), etc. Por otro lado, también incorpora aspectos antropológicos y socio-culturales al desarrollo de su teoría. [volver ↩]
  10. DE BEAUVOIR, S. (1999). El segundo sexo. Editorial sudamericana S.A Pág. 15 [volver ↩]
  11. Concepto ideado por Haeckel y tomado por Freud, para hacer alusión a aquello que es del orden del desarrollo de la especie, es decir, constitucional, presente en todos los individuos, para diferenciarlo de la transmisión genética. [volver ↩]
  12. Véase “El Malestar en la cultura” (1930), “Tótem y tabu” (1913), “El Tabú de la virginidad” (1917), entre otros. [volver ↩]
  13. Freud plantea una oposición entre exigencias pulsionales y exigencias culturales, donde lo que persigue la cultura es sofocar la vida pulsional, promoviendo la sublimación. [volver ↩]