revista ISTMO

Notas sobre el lenguaje universitario

Por Alberto Aguilar

¿Por qué nos interesa hablar del lenguaje que ocupamos la mayoría de los universitarios? Tan simplemente porque la universidad es el espacio y el tiempo en que nos internamos día a día, durante una etapa importante de nuestras vidas.

Los principales canales de expresión y legitimación en el habla coloquial del estudiante universitario son el lenguaje de los medios de comunicación masiva; el lenguaje académico y el lenguaje local.

El lenguaje de los medios de comunicación, como preponderante; el lenguaje académico, en menor grado; y un tercero, el habla de la tradición local, que juega un rol más bien subterráneo.

El lenguaje de la mass media, es un lenguaje juvenil. Por lo tanto, creado por la juventud, pero transmitido, estetizado y vaciado de su contenido que lo vio nacer, por la publicidad. Palabras que nacen de cierto contexto de ruptura en la sociedad por parte del mundo juvenil, en rebeldía con el lenguaje, el comportamiento y las reglas del mundo frío, contradictorio y adverso del mundo adulto; los medios de comunicación utilizan esas palabras, les quitan ese contenido de rebeldía, y las devuelven en forma de esquema, de producto e imagen sin sustancia, pero tremendamente sugestivo. Lenguaje que conserva la pura máscara de la rebeldía juvenil, pero que en el seno del mensaje principal, subyace el deseo de consumo y el “yo” que se identifica fetichistamente con el producto.

Este tipo de lenguaje funciona justamente como imagen, como un artefacto. Imagen y artefacto dirigidos por los contenidos del consumo y la funcionalidad de la mercancía. En este tipo de comunicación, figuran las palabras sueltas, las frases entrecortadas y reiterativas, salen de la boca como objetos visuales. Más que una comunicación en que la palabra representa conceptos o relatos que se hilvanan unos a otros, las palabras son como imágenes sueltas, fragmentos, señales, un metalenguaje cifrado. Como si la comunicación consistiera en lanzar imágenes desde un video mental.

Estas palabras imágenes, además de no poder urdir conceptos o narraciones, están desprovistas, de cualquier tipo de arraigo. Justamente porque no contienen experiencia. El lenguaje que proviene de los medios de comunicación de masas, son un sistema lingüístico creado por el aparato abstracto de la publicidad, y se hace mensaje universal y generalizante desde la mesa de un programador.

En cuanto al lenguaje académico, está estructurado para transmitir información, traspasar y hacer entender conceptos, lenguaje sistemático, lógico y formal, necesario para este tipo de actividades, pero que fuera de la universidad, se ve afectado de la carencia normal de la falta de cuerpo sensible. Es decir, en el fondo, está desprovisto de experiencia sensorial. Experiencia que hace que las palabras adquieran contenido en su ejercicio de acción.

El lenguaje local, es aquel que se adquiere con un contenido que lo da la experiencia sensitiva y emocional con que los componentes del grupo han dado vida a las palabras. Incluso estas vengan de los medios de comunicación, del lenguaje popular, de un lenguaje más ilustrado o poético, pero resemantizados, lenguaje familiar que se hace cuerpo por la experiencia de los componentes del grupo en las relaciones, que para bien o para mal, constituyen un lazo, una cantidad de tiempo compartiendo un espacio en común.

Ahora bien, está claro que una vez que el estudiante ha salido de su localidad, no puede seguir expresándose con esos giros lingüísticos familiares, que cargados de un contenido específico, sólo entienden con esa carga determinada de contenido, los mismos componentes de la familia, del club, de la escuela, de grupos de amigos, etc.

Cuando se piensa en la universidad, se piensa justamente en un espacio que contiene tiempos determinados de existencia y expresión. Donde, debiera arraigarse actitudes, maneras de comportamiento creativas y distintas. Y que, debiera salir de la mezcla y transformación de todas estas experiencias en torno a los distintos modos de experiencia y lenguajes locales que podrían entrelazarse.

Pero ¿Existe, en el espacio de la universidad, una manera elaborada de entendimiento y experiencia? Vemos un vacío, un espacio y un tiempo en blanco, como una página, pero ¿qué leemos en esta página finalmente? ¿Un lenguaje que se escribe desde la singularidad de los individuos, o bien terminamos viendo sólo signos prestados, generales, abstractos y universalizantes?

El habla de la mass media, que está en todos lados, y el habla académica, que le es más propia a la universidad, ejercen no sólo un control, sino también, una marginación y una situación de poder en torno al lenguaje local que trae cada uno desde su terruño. Simplemente por la extrañeza que causa. Porque el lenguaje no sólo es la significación de las palabras, sino también el timbre de voz, los acentos, la manera de gesticular y de pronunciar. De ahí las bromas, las burlas y esa soterrada marginación que finalmente se cumple.

Ahora bien, el lenguaje que reproduce los canales de la mass media es ampliamente mayor en número que el académico. El segundo se da en ciertos alumnos de carreras humanistas que intentan, a punta de idealismo, rechazar el control subliminal de la publicidad, pero que como tal, se cae siempre en la generalidad de conceptos, de transmisión de información intelectual. Si se intenta otra cosa con mayor grado de experiencia y sustancialidad existencial, se corre el riesgo de que este tipo de lenguaje naufrague. Y con justa razón, no está preparado para otra cosa que la entrega de conceptos. Es posible que, concluido en concepto ahora, se haya gestado antes como viva expresión intelectual, con problemas reales y específicos de hombres y mujeres que habitaron un espacio y un tiempo, pero esos problemas, si no se reactualizan como parte de nuestros problemas reales, ahora sólo son historia.

En cambio, en esto, el lenguaje de la mass media, es mucho más efectivo, porque tiene todo muy bien calculado, y su disfraz es revestirse de un sinnúmero de valores experienciales: Originalidad, sentimentalidad, emocionalidad, honestidad, pureza, intuición etc. Bajo esos parámetros, claramente el joven utiliza este lenguaje de imágenes directas y rápidas. No hay conceptos, eso sería muy frío e impersonal; no hay giros localistas, eso sería extraño, hasta vergonzoso y añejo, porque transmitiría un origen que hoy a ya nadie le importa. No hay que urdir largas narraciones para que logremos saber del otro, sin con un par de palabras y giros lingüísticos se produciría la comunicación. Entonces, este lenguaje, cargado de imágenes rápidas de la publicidad determinaría por sobre todo una relación de honestidad y franqueza.

Pero sólo pensar que esta honestidad y franqueza, está administrada por toda una maquinaria productora de ilusiones. Que su objetivo es el consumo y la funcionalidad un producto a través de un medio técnico.

Enfrentado a esta página en blanco, el estudiante, ante la imposibilidad de hacer experiencia desde la introducción de lo local, se ve obligado a crear todo de nuevo. Lamentablemente, para esto, se necesita un espacio y un tiempo en que la creación esté abierta a la posibilidad de la experiencia. Hoy la universidad, se convierte en una empresa en producir profesionales como quien produce herramientas. Los espacios de la universidad no están hechos para la interrelación de personas, si no que son espacios de tránsito entre un aula y otra; como en una fábrica, de una sala que se realiza un proceso primario, a la otra sala, en que se elabora el proceso secundario.

Este hombre y esta mujer en algún momento necesitaron salir del nido familiar para ir en la búsqueda de otra cosa. Un proyecto que lo llevara a crear sus propias expectativas de construcción de mundo. Es aquí cuando se llega a la universidad y se intenta, junto a otras personas que están en la misma situación, encontrar y formular un mundo particular, propio, creativo.

¿Es la universidad capaz de crear una cosmovisión de vida? O nos damos cuenta de que hemos entrado a un lugar donde somos extranjeros y desconocidos; exiliados en un espacio donde todos los días tenemos que habitar y relacionarnos. ¿No será la universidad, hoy día, la gran escuela que nos prepara para darnos cuenta, no de nuestra capacidad de creación, sino de la hostilidad, de la impersonalidad del mundo que nos espera allá afuera?

¿Volveremos a recuperar un lenguaje que arraigue experiencias vitales? Un lenguaje, que se suponga local, ¿o veremos este lenguaje local como un vacío, como una ausencia, como un fantasma?

Si en algún momento, se perdió la vitalidad del lenguaje sensible y proveniente de la experiencia de lazos afectivos y existenciales, en un espacio local, ¿podría recuperarse con algún tipo de instancias que advengan en otro tipo de relaciones humanas, capaces de crear lazos creativos, expresión en la convergencia? ¿Es la universidad, el lugar donde podrían desarrollarse estos grupos que, en verdad, podrían crear algo distinto, lazos de distinto tipo, una red humana que converja, no sólo en ideas, sino, sobre todo, en comunicación y en experiencias en común, en que exista el compromiso vital, sea cual este sea? De aquí podría salir una poesía y un arte vital, pensamientos, personas que algún día tengan algo que contar, algo que narrar. Algo provisto de contenido creativo en interrelación con las propias experiencias y aventuras humanas, y que corresponda a una experiencia que nazca de la universidad, no de la publicidad o la historia muerta.

Quizá en un mundo donde el lenguaje es universalizante y generalizante, debiéramos poner atención en como se gesta este lenguaje venido a menos hoy día, pero que es el único que comporta una mayor realización humana. El lenguaje de cada uno en su terruño. Por que trae los rastros de algo que hemos perdido.