revista ISTMO

La tierra de nadie de la nostalgia

Felipe León

Para los habitantes de las sombras,
para los que llenan los recuerdos con su espectro
saludos a la distancia,
pues no hay postales para mandar desde la zona muda.
Les dedico mi silencio

Kilgore Trout, en “2BRO2B”

Para que una historia de amor se convierta en una historia acerca de la nostalgia debe darse la tragedia de un final en que el objeto amado se pierde, idea que a continuación ejemplificaremos con la historia de Orfeo, no sin antes decir que no toda pérdida del objeto amado tiene como consecuencia la vivencia de la nostalgia, pero esto se entenderá cuando intentemos responder a la pregunta de si es posible salvarnos, rescatarnos de ésta.

Nostalgia debe haber sentido Orfeo cuando Eurídice murió, y el deseo de librarse de esta nostalgia lo tiene que haber llevado al mundo subterráneo para rescatarla, logrando que Hades se apiadara de él y le permitiera volver donde los vivos con ella, con la condición de que mientras no llegara a la tierra nunca viera atrás hacia su esposa, hasta que ¡Ay!, la fatalidad le hizo darse vuelta para dirigir hacia ella su mirada, lo que tuvo como consecuencia que ella en el instante desapareciera.

Una versión distinta de esta leyenda es que Orfeo habría regresado del Hades sin haber logrado su fin, sin resultado, pues los dioses sólo le habrían mostrado el fantasma, el espectro de la mujer. La debilidad de Orfeo le impidió la audacia de morir a causa de su amor, lo que lo llevó a planear el entrar vivo en el Hades, apenas imitando a la muerte. Así le sobrevino la muerte por las bacantes que lo desgarran, dispersando sus restos, lo que lo pone fuera de lugar, ni en este mundo ni en el Hades.

Si bien en las dos versiones las acciones y el desenlace de Orfeo es el mismo, en el segundo relato se inmiscuyen los dioses en el camino de Orfeo para guiarlo hacia la fatalidad, hacia un destino trágico donde él es culpable de algo. Entregarle imaginariamente a Eurídice, es rebajar el descenso al Hades como un acto que contraría el deseo de los dioses, los favores de estos no son dados a Orfeo. Es culpable, para los dioses es culpable de no morir por su amor, pero ¿puede ser culpable de sentir nostalgia?

En la literatura existe una amplia tradición de nostalgia, un ejercicio de sentir dolor ante algo que no esta, un desastre que ya ocurrió siempre y que no puede presentarse (Blanchot, 1990). Tópicos clásicos de esta desgarradura son la nostalgia de la niñez, de la tierra, de lo absoluto, pero si hay un tema que se repite en el sujeto es la nostalgia de amor, del objeto amado como perdido. En ese sentido la nostalgia sería la expresión emocional del duelo que para Freud es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.. Si bien Freud en 1917 en su definición de duelo nos salva de reducir el objeto amado a la figura de una persona, no logra abarcar en su listado de abstracciones que continua con un etc. (palabra que de todas formas nos abre la posibilidad a lo incierto) la idea de reaccionar frente a la pérdida de algo que no podemos darle nombre, de sentir nostalgia de algo incomprensible, que tampoco sería melancolía, como Freud le llama al duelo patológico donde la investidura del objeto regresa al narcisismo, invistiendo al yo como el objeto perdido. No es ni duelo de alguien o algo, o melancolía de un objeto que se enquista narcisicamente, es nostalgia de algo que no cesa de irse, o algo que nunca estuvo, paradoja del amor que en distintas épocas y lugares abaten al hombre frente a un absoluto que no cesa de escribirse. A continuación daré algunos ejemplos de esta desgarradura.

Para empezar una cita de Henry Miller, escritor estadounidense que en su libro “Trópico de Capricornio” (1975) efectúa una síntesis de su búsqueda de lo innombrable:

Paso revista en un instante a las mujeres que he conocido. Es como una cadena que he forjado con mi propia desdicha. Cada una atada a la otra. Un miedo a vivir separado, a salir del útero. La puerta de la matriz nunca con el cerrojo echado. Espanto y añoranza. En lo más profundo de la sangre, la atracción del paraíso. El más allá. Siempre el más allá.

Ya en las palabras anteriores notamos una cualidad de lo absoluto, cual es la de convertirse en oxímoron, mezclando dos expresiones de significado opuesto para expresar el imposible de nombrar, que debido a su misma imposibilidad impone la negación de las verdades que suscitan, convirtiendo al imposible en pensamiento. Espanto y añoranza suscitan la emoción del amor como imagen que se enlaza a un más allá que siempre es inasible. Lugar “abierto”, “faltante”, “hendido”, “distancia íntima”, “interior excluido”, “éxtimo”, son los nombres que se les da. Ese “más allá” de Miller, buscado en la mujer como soporte de una unidad entre el hombre y las cosas, se reitera en otro autor, Juan José Arreola, quien escribe en “El arte de la poesía” (1991):

Necesito abrazar en la mujer el árbol de la vida, creer que estoy ligado a la vida universal, que la mujer es la puerta de escape hacia el todo.

Misma idea de paraíso y de pérdida de el, lo encontramos más cerca, en el chileno Gonzalo Rojas quien al final de su poema “¿Qué se ama cuando se ama?” anota:

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar trescientas a la vez porque estoy condenado siempre a una, a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso. ¿Qué se ama cuando se ama?

La nostalgia de un absoluto coincide con la presencia de la muerte. Ligar el amor a la muerte se presenta como una atracción que se vislumbra, pero que se rodea reconociendo el límite que ella impone, la perdición que implica y en la que el culpable es el otro, causante de este desasosiego:

La mujer es la trampa de la carne y está hecha para capturar al espíritu: incluso tiene de trampa el ser oquedad, agujero donde uno se mete o cae fatalmente. [...] Es como una trampa estática de arena movediza que espera, como la araña inmóvil en su tela, el acercamiento del hombre, quien por el solo hecho de acercarse está perdido. Tan es así, que el hombre enamorado pierde sus rasgos, se vuelve coloidal y gelatinoso porque se está diluyendo, y la mujer es un poderoso disolvente. (Arreola,“El arte de la poesía”)

No tienes perdón de Dios. Ninguna mujer lo tiene. (Bertoni, “De vez en cuando”)

Hay nostalgia porque hay amor, pero también hay nostalgia porque hay temor. El amor aproxima a la muerte, en ambos se vislumbra la posibilidad de desaparición, de pérdida de uno1. La nostalgia se construiría como un dique ante el desastre que acaecería en la posibilidad de entregarse a la muerte en la búsqueda de un absoluto, si eternizamos el recuerdo, si nos consumimos en él, si nos perdemos en él, es porque ambicionamos la posibilidad de destrucción del donante, de ruptura de las circunstancias, la acción de abismarse, de rechazar las recompensas del don. A esta pérdida Blanchot la señalaría como una pérdida ambigua, una “facilidad”, porque puede significar que hay un yo por destruir o algo para dar: Dar no es dar algo, ni siquiera darse, porque entonces dar sería guardar y salvaguardar, si lo que se da no tiene la característica de que nadie nos lo puede quitar, podemos recuperarlo y retirarlo, colmo del egoísmo, astucia de la posesión (Blanchot, 1990). En la pasividad de eternizar al objeto amado dentro de nosotros logramos enmascarar la posibilidad de que el amor nos abriera los caminos hacia el abismo, donde se yergue el imposible que el amor no nos puede entregar. “No habría don de lo que no se tiene” dice Blanchot, “amar es dar lo que no se tiene” diría Lacan. Incluso morir en esta “muerte-por”, sería una muerte en tránsito, en la contradicción y desasosiego de ofrecer algo que no podemos entregar. Blanchot nos hace distinguir la muerte y el morir; la primera es “poder e incluso potencia” aunque corresponda a la pérdida, el segundo es “no poder” y “excluye cualquier término, cualquier fin”, es “empujado por lo imposible indeseable hasta en el deseo”. En esta distinción podríamos entender lo que diría Blanchot sobre el suicidio de ese amante nostálgico no te matarás, tu suicidio te antecede. O bien: muere no apto para morir.

Entre dos tierras hayamos a nuestro sujeto nostálgico. Si el amor le ha entregado un don, es poder distinguir las huellas de que ese mismo amor les ofrece un “más allá”. En los ejemplos de escritores y poetas que he referido anteriormente se nota el vislumbre de una experiencia que traspasa los límites de su propio deseo, o bien, la existencia de una potencia que es hallada en el encuentro con el objeto amado, y que a la vez, se eterniza en la imposibilidad de hallar en ese encuentro el lugar que es vaticinado. En la nostalgia habría ese salto desde el objeto amado hacia lo incomprensible, para luego detenerse horrorizada en su presencia, en su ausencia si recordamos como dijo Heidegger (1996) que la presencia también se oculta, ya es ella misma ausencia. Si algo da la nostalgia, es darnos la senda y el límite, pues hacia allá van las huellas de la nostalgia, donde la presencia de lo incomprensible está ausente, en el abismo que la nostalgia nos tiene a buen recaudo de poder hallar.

La tragedia de y en Occidente, es el hallarse en esa tierra de nadie donde la nostalgia nos ubica. Ahí donde algunos sujetos han vislumbrado el camino hacia la esencia de ese “más allá”, la nostalgia ha perpetuado el pasado como el lugar donde encontrarlo2. El pasado se transforma en pasividad, la presencia se oculta bajo el velo nostálgico de ese pasado que siempre fue mejor. Para Lacan; el autor que en Occidente intentó traspasar este límite fue Sade, quien en sus héroes imaginó la posibilidad de una “segunda muerte”, más allá de toda muerte natural, más allá del asesinato, una segunda muerte que se orienta hacia la aniquilación. Más allá de la “muerte-por”, ofrece la posibilidad de la muerte sin recompensa, un lugar donde el hombre aspira a destruirse en aquello mismo donde se eterniza. (Lacan, s/f) Si en los místicos cristianos la “segunda muerte” intenta corregir la mortalidad de la primera muerte, que procede del pecado e intenta ser sustituido a través de la mortificación hasta el sacrificio que desintegre al sujeto3, en Sade el deseo de destrucción es total. En la medida que podemos decir “no”, en tanto podemos concebir nuestra muerte o, sencillamente, pensar que algo vaya a desaparecer, somos claros cómplices de la nada. Pero no estamos tan hundidos en la experiencia de la nada como para poder desprendernos por entero del algo. Y este desprendimiento, esta “segunda muerte”, es la gran obsesión de Sade. Ahora bien, no pretende desprenderse a través de la entrega mística, a través de la vía suave, sino mediante un acto de violencia desmedida. Sade sueña con hallar el abismo tan estrepitosamente, que tiemble el espacio entero del mundo y se apaguen las luces: Con todo lo que hacemos, ofendemos tan sólo a los ídolos y criaturas, no a la naturaleza, y yo quisiera actuar precisamente contra ella, perturbar sus planes, oponerme a su curso, detener la rueda de los astros, sembrar la confusión entre los cuerpos celestes en su movimiento a través de los espacios, en suma, burlarme de ella en sus obras, pero en esto se me resiste todo éxito. (Sade, 1998)

Ser-para-la-muerte sería el grito Sadiano, un grito cuyo eco ha resonado a través de Occidente para expresar la inexpresable aspiración del hombre a “no ser”, diciendo con el “no ser” la verdad del total desinterés del amor, la puesta en marcha hacia el abismo y que Freud, reconstruyendo a escala geológica la historia del desarrollo orgánico y entregándose a deducciones que él mismo reconoce como extrañas, supone que la meta de la sustancia viviente es la muerte, la primera pulsión, la pulsión de muerte tiende a restaurar el estado de ausencia de vida (Freud, s/f). En el centro de la vida la muerte, en la consumación de la vida se confunde el anhelo de ponerle fin. Huir a la periferia de la esencia, temer al amor, como temer a la muerte, sentir la nostalgia y huir de su fuego devorador, nos convierte en traidores, traidores expulsados y a la deriva en la tierra de nadie que nos acoge.

Apoteosis

Al principio de este escrito se utilizó la figura de Orfeo para señalar la traición cometida por él, el deseo de engañar a los dioses y a su destino en esa muerte falsa que lo lleva al Hades, para rescatar a Eurídice y rescatarse de su dolor. Si los dioses le entregan un espectro, un fantasma que desaparece al fijar la mirada en el, denotan ahí la figura del hombre condenado a extender la mano hacia un “más allá” nunca obtenido. Así Orfeo se asemeja a la figura de Tántalo, hombre que quiso desafiar a los dioses con su omnisciencia, intento ser un dios sin merecerlo, teniendo como resultado el ser condenado en el Tártaro a sufrir hambre y sed angustiosas. Bajo él había un estanque de agua pero, cuando se detenía a beber, el estanque quedaba fuera de su alcance. El árbol estaba cargado de frutas, pero cuando estaba cerca de las frutas el viento apartaba a las ramas. Tántalo como Orfeo representan figuras en tránsito, metáforas de los límites del hombre, que tienden la mano para hallar tan sólo fantasmas de su deseo.

Rilke impresionado por la figura de Orfeo, escribe en 1922 los “Sonetos a Orfeo”. Para Rilke la muerte de Orfeo nos deja a los humanos como herencia la música y la palabra: Sólo porque al último la enemistad, violenta, te partió en pedazos / es que somos ahora nosotros los que oímos y también la boca de la naturaleza. A través de esta palabra, del canto poético, Rilke intuye la posibilidad para el hombre de acercarse a los límites del abismo, de atravesar la contingencia de las situaciones hasta hallar el lugar donde la pérdida es apertura hacia un sacrificio, sin espectadores, sin ruido, sin dones que obtener o buscar: ¡Ay! ¿Quién, de la tierra, conoce las pérdidas? / Sólo aquel que cante, pero con tonos de alabanza, / el corazón nacido para el Todo. Para Rilke las huellas que traza la nostalgia sólo podrán ser seguidas para quienes a pesar del dolor puedan mantener el canto y que este canto no sea un lamento, sino una alabanza, así podrán hallar los límites, hacia la nada que amenaza a las palabras con su desaparición. Cuando la palabra deje de ser nostalgia y se convierta en presencia, quizás alumbre a los hombres la senda hacia un lugar donde la muerte ha de tener lugar:

En la era de la noche del mundo hay que experimentar y soportar el abismo del mundo. Pero para eso es necesario que algunos alcancen dicho abismo. (Heidegger, 1996)

Del amor a la nostalgia, de la nostalgia a la muerte, en la muerte el abismo, este es el recorrido del hombre inacabado y que en este texto ha sido sucintamente esbozado. El que no tiene miedo al “fuego devorador” al “fuego sordo” que avance. El que retrocede para no quemarse, que nostalgie.

  1. Quizá se podría decir que tememos a la muerte como tememos al amor absoluto. Arreola, 1991 [volver ↩]
  2. El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá. Eugène Ionesco. [volver ↩]
  3. Todo me es indiferente, ya no puedo querer nada; a menudo no sé si estoy allí o no Mme. Guyon [volver ↩]

Bibliografía

  1. ARREOLA, J. “El arte de la poesía”. 1991. Petra Ediciones. Guadalajara.
  2. BERTONI, C. “De vez en cuando”. 1998. Editorial LOM. Santiago de Chile.
  3. BLANCHOT, M “La escritura del desastre”. 1990. Editorial Monte Avila. Caracas.
  4. FREUD, S. “Obras Completas”. 1984. Editorial Amorrortu. Buenos Aires.
  5. HEIDEGGER, M. “Caminos del bosque”. 1996. Editorial Alianza. Madrid.
  6. LACAN, J. “Obras Completas” s/f. s/e. Edición electrónica.
  7. MILLER, H. “Trópico de Capricornio” 1975. Editorial La oveja negra. Colombia.
  8. RILKE, R. “Poesías”. 1949. Ediciones Instituto Cultural Germano Chileno. Santiago de Chile.
  9. SADE, M. “Filosofía en el tocador”. 1998. Edimat libros. Madrid.