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El Cielo Raso (parte 2)
Traducido por Mauricio Pino y Pablo Rojas1
Joel Bernat2:
Rue du Bac (Calle de la Balsa), París, J-B. Pontalis3
Bien, evidentemente se trata aquí de J. B. Pontalis, y no se trata de otro que del “mío”, el que yo he percibido, aquel que me he construido y he necesitado confeccionar, y no del hombre “tal como es”, lo que sería de una pretensión sobrehumana. Es, pues, sobre un encuentro de lo que aquí se trata, y del testimonio de sólo la mitad de los protagonistas de este encuentro. La otra mitad pertenece a J.B. Pontalis. Añadiré lo siguiente: de este encuentro, que es siempre efectivo y eficaz, doy testimonio de la importancia que tuvo para mí, de su frescura a pesar de los años que han pasado, y entiéndase por esto un reconocimiento profundo y no una deuda… ¡acaso sea ella simbólica!
Años atrás, mis pasos me arrastraron de la provincia a la capital, París, en un largo viaje semanal. Un largo camino (es cierto) mas no uno de cruz o de prueba, no; más bien una marcha, una “migración”. Todos los martes, mi paisaje interior se componía del Sena, los Anticuarios del “V arrondisement” (5º suburbio), de las librerías, de la casa Gallimard y de varios otros. Composición que jugaba en otro paisaje, uno más bien interno: el de la cura psicoanalítica, el del paciente, de la supervisión, de las transferencias y, desde luego, de Jean-Bertrand Pontalis, sobre todo de aquel a quien la Asociación Psicoanalítica Freudiana llama “JB”. Ciertamente una muestra de afecto por este hombre.
¡“JB”… pensé pues! ¡Las mismas iniciales que yo! Existen aquellos que ven en ello un signo, por poco creyentes que sean aún. Mas debo confesar que los puntos en común entre él y yo se limitan a las iniciales. Tanto peor o tanto mejor… Y todos los martes, durante seis años, a eso de las quince horas, heme aquí recorriendo la rue du Bac, donde como buen provinciano me encuentro estupefacto de cruzarme no sólo con escritores o artistas célebres, sino con políticos, todos de carne y hueso, con un sentimiento inquietante de extrañeza al asir o ser asido como algo ubicado entre lo televisivo y lo visual. De cualquier forma, yo ya estaba bien preparado para desprenderme de mí mismo…
Ya abandonado al alboroto de la calle, al entrar en una pequeña plazoleta con un apacible jardín, donde a veces una lección de piano suspendía sus excitantes acordes, no restaba más que subir la vieja escalera directo a la puerta de “JB”. Y he aquí la sala de espera, y los libros, ¡llena de libros! Así, una terrible impresión de familiaridad, una paz reparadora después del alboroto del trayecto. Un apacible reencuentro.
Mi primer encuentro con el hombre3 me deja el recuerdo de un ser “so british” (“tan británico”, según mis propios criterios, ¡siendo todo esto altamente transferencial!), un gentleman indolentemente instalado en su sillón, cercano a una buena provisión de Benson & Hedges (yo fumaba de los mismos, sin saberlo… ¿una señal más?). Fue en la trama de estos encuentros que aprendía conocer, con cierta claridad, otra cosa que no sea el producto de mis proyecciones. Dos elementos me parecen importantes de destacar, tales que yo los he experimentado: una gran sensibilidad, y una buena práctica de “juego”. Intentaré explicarlo en lo que sigue.
Las relaciones humanas se basan en cifras. Descifrar: he aquí el enredo. Esta cifra tiene la ventaja de decir sin decir, y de esconder, suspendida, reversible, la opinión recíproca. Nos guarda de promulgar los juicios decisivos y definitivos que no son jamás verdaderos más que en el instante
(Paul Valery, 1960)
Mi elección de “JB” como supervisor estuvo ligada, evidentemente, al hecho de que fue el co-autor, junto con Jean Laplanche, del Diccionario de Psicoanálisis. Yo no debo ser el primero pero, después de todo, una opción debe estar bien apoyada en algún fantasma. Me sorprendí, un día, al oír cuán útil y necesario le fue este largo trabajo del que sin embargo, una vez logrado, le fue imperioso “desprenderse” para su otro trabajo, posición que puede sonar asombrosa, pero que nos introduce directamente dentro de la forma de trabajar de J. B. Pontalis, psicoanalista, tal como yo la entiendo. La dificultad está en encontrar un hilo conductor en este testimonio a fin de organizar, de forma artificial, este propósito… me parece que este hilo se podría representar en un término en todo caso, aquel del que yo me he asido- que se ha revelado en estos años de intercambio con “JB”.
El movimiento
El concepto es una cosa bien práctica, es verdad, nos permite hablar dentro de una lengua común ofreciéndonos cierta economía; pero dentro de nuestra práctica cotidiana ¿no se convierte éste nada más que en una máscara, una pantalla, una herramienta contra la recepción de lo que dice un paciente? “Hice una contra-transferencia”: he aquí algo que enfría bien el hecho de que la representación podría ser un teatro donde se juega un psicoanálisis que está esperando “prender fuego”. El concepto me hace “bombero”, me lleva a apagar el fuego, a resignar el lugar desde donde debería recibir lo que se me dice, lo que se está jugando, la cuestión de lo que se trata, y que en alguna medida yo mismo suscité. El concepto aplicado en la cura viene a fijar, a detener su movimiento. Así, en cada cura tenemos que recobrar la “carne” o lo “vivo” que un concepto muy bien establecido puede llegar a rechazar -el modelo ejemplar sería la transferencia. Se trata de re-vivir o re-descubrir en cada oportunidad al psicoanálisis, con el paciente, dejándonos sorprender nuevamente.
Es en este sentido que el movimiento es central, a mis ojos - o sobre todo a mis oí
dos - en “JB”, y se aplica sobre muchos registros:
- El movimiento psíquico, es decir, el hecho de nombrar los procesos psíquicos, es un hecho cómodamente reconocible: son los puntos de fijación, de detención (pensar en los síntomas, por ejemplo, semejantes a los nudos ferroviarios), que son fuentes de sufrimiento. Freud lo ha demostrado bien al decir que la cura relanza los procesos psíquicos del paciente por el lento trabajo de desentrañar o desligar el síntoma. La “cura que viene de la sobrecarga”: fórmula bien conocida y sin embargo desviada de la intención primera de su autor. Lo que se deja de entender es que el libre movimiento de los procesos psíquicos es auto-terapéutico, ya que elabora por sí mismo las tensiones y los problemas de los sujetos (pensemos en las nociones de “trabajo de análisis” (perlaboration), y más precisamente de “translaboración” [translaboration]4 que Melanie Klein y Victor Smirnoff han descrito). Estamos bastante lejos de la interpretación actual de la “cura por sobrecarga” como alguna cosa que no interese al analista. La cura no es la primera inquietud, sino que lo son el seguimiento de los procesos psíquicos (una fuerte y bella ilustración de esto será el caso del Pequeño Hans).
- Esta mirada respecto del movimiento psíquico determina, para el analista, una posición similar a la que “JB” ha llamado “migración”; para especificar bien su importancia se reúne una suerte de prescripción: no se puede tener un psicoanálisis sin analista, en una cura, avanzando con el paciente en su propio análisis. Una cura y su paciente deben desplazar al analista, inducirlo a desprenderse de sí mismo, de sus convicciones y otras proposiciones teóricas (sus puntos de fijación, que pueden ser los mismos síntomas), es decir, dejarse asir para luego des-asir. Podríamos decir: co-análisis.
- Esto nos recuerda una concepción de la cura según el modelo winnicotiano, lo que realmente no nos sorprende con “JB”. La cura está pensada como un play, y por lo tanto, nunca como un game. La cura es un espacio, una escena (de teatro), un espacio transicional, se podría decir, donde se vendría a jugar la dimensión del paciente y aquella del analista sin reglas que los limiten; ello juega y nos permite jugar a ver hasta donde nos conduce (pensemos en la célebre divisa británica : espera y verás). Es en este sentido que podemos escuchar una de las metáforas preferidas de “JB”: estamos en el compartimiento de un vagón, en un camino de hierro, y un viajero le describe a otro lo que ve por la ventana. El otro lo analiza, intenta soñar ese paisaje que él no ve pero sin omitir que, aunque sea perfecto el pintor o la pintura, no será jamás el paisaje real; al igual que en un juego, se está en un espacio intermediario, un entre dos, entre realidad y ficción. Es esto lo que garantiza una posición de apertura, de acogida de aquel que viene, sin juicios previos.
- El analista ha de respetar el tiempo del movimiento de su paciente y de su play. La cura es una magia lenta, que impone dar tiempo al tiempo, el tiempo de la perlaboración. Es así como, al inicio de mi supervisión, me atraganté de “calma” después de un “piano” fuerte… simpáticamente entregado.
- Si el analista defiende este espacio de juego, no quiere decir que él es indiferente: él es partenaire del juego, pero también, es el “súper-yo” de su paciente, reencontrándonos, aquí también, con una posición winnicotiana bien conocida.
- Esta posición en la cura, en la que se sitúa el analista, pone e impone al paciente aprender a hablar con su voz, con su propio discurso, y no refugiarse en lo que sería el cálculo de la interpretación. La cura no es un psicoanálisis salvaje aplicado sobre un paciente o sobre el inconsciente. Hay que admitir cómo sorprende lo que se dice, aquello que se nos escapa, a fin de entender aquello que se nos revela.
En relación al fin de garantizar esta posición analítica, que no podemos adquirir si no es por la experiencia y su transmisión, y no por los libros, podemos comprender porqué J. B. Pontalis jamás quiso publicar textos de carácter universal. Los escritos de “JB” intentan preservar el espacio de juego, de entre dos. Esto es lo que se entiende en los títulos: “Entre el sueño y el dolor”, “Entre Freud y Charcot”, “Entre el sueño-objeto y el texto-sueño”, “Entre los signos”, “Entre-Uds”, “Entre el saber y el fantasma” “ir-retornar”, “ventanas”, etc. Es una forma de mantener la teoría en acto, en acción, y no en discursos, una forma de retomar sin cesar la cara o la “vivacidad” fundadora, en una palabra, de habitar y de ser habitado. Pero es también intentar dejarse llevar por una transferencia indefinida, no la transferencia de objeto, sino aquella otra cosa que se deja jugar más acá o más allá de la representación. En relación a ello, no debemos olvidar que una representación no es más que una transitoriedad caída en el tiempo, y que es sólo una representación y no la cosa en sí. El sueño no es lo dicho, y aquello que el analista entiende es todavía menos que el sueño…
He aquí un ejemplo breve, siendo verdadero, de lo que este hombre me transmitió en pequeños toques sucesivos. Cuando comencé este play, lo que menos podía decirse es que yo era un “universitario” que conocía al dedillo el ¡vocabulario psicoanalítico!. No tardó, sin embargo, en llegar un tiempo más desagradable y desestabilizante, donde yo tuve la impresión de no saber más qué hablar, como un libro. Así me des-así de mímismo y fui accediendo a un discurso propio. El resultado fue lo hablado por mis propias pacientes, y un ejemplo ilustrativo es esta frase de una de ellas: es curioso, aquello que usted me dice, mi analista anterior también me lo ha dicho, ¡pero aquello jamás produjo algún efecto! ¿Entonces por qué sí con usted?
. Porque, y éste es un punto capital, el analista es una persona que produce en el analizado mucho más de lo que dice. O, dicho de otra forma: “¿quien habla después que el analista inter-viene?”. Una consecuencia de esto es otra cuestión igualmente capital: “¿qué es aquello que yo hago cuando le digo a mi paciente lo que le digo?” Formas de mantener la vivacidad, el movimiento, el proceso, intentos de evitar los obstáculos de la fijación. Movimiento psíquico que se imprime en mí en una alianza con el movimiento París-provincia, juego que continuó en mis viajes de regreso, ¡que aún persisten!
Cómo suspender este testimonio sin concluirlo en un punto final… suspenderlo inacabado, es decir, dejarlo abierto como con la voz vívida de un poeta, esos seres qué, como para Freud, JB o para mí mismo, saben aprehender ciertas cosas que nuestra “joven ciencia” está muy lejos de comprender sin matarlas con una fría conceptualización.
Cuando los números y las figuras
no sean más las llaves de toda criatura.
Cuando, por las canciones y los besos
aprendamos más que por los sabios,
cuando la sombra y la luminosidad se unan nuevamente en la claridad pura,
cuando a través de las leyendas y los poemas conozcamos la verdadera historia del mundo,
entonces, se desvanecerá frente a nosotros la verdadera historia del mundo.
Este contrasentido que llamamos realidad(Friedrich Novalis)
- Estudiantes de Quinto Año Escuela de Psicología PUCV, integrantes del Taller de Psicoanálisis. [volver ↩]
- Miembro de la Asociación Psicoanalítica de Francia. [volver ↩]
- Si se desea otro testimonio se puede consultar el de Georges Perec “Los lugares de un ardid”, en Pensar/Clasificar (Título original: Penser/Classer, Paris, Hachette, 1985) editado en lengua castellana por Editorial Gedisa, Barcelona , 2001, e incluido en revista ISTMO. [volver ↩]
- Translaboración: especifica una elaboración psíquica fuera de la cura, en el curso de la evolución de un sujeto, en tanto existen procesos que permiten resolver y superar espontáneamente ciertas posiciones afectivas y relaciones objetales, reduciendo de ese modo el clivaje intrapsíquico en función tanto de elementos internos como externos y favoreciendo la integración del yo. Esto estaría ligado al potencial evolutivo de cada sujeto. [volver ↩]

