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El Cielo Raso (parte 1)
George Perec, escritor francés de gran renombre, y Joël Bernat, miembro de la Asociación Psicoanalítica de Francia, se analizan en algún momento de sus vidas en el diván de la consulta de J.B. Pontalis. Ambos, pasados los años, inician la escritura de un texto en el que describen el movimiento que les permitió el encuentro de la propia voz. Presentamos a continuación la escritura de esos encuentros, en el cielo raso de la trasferencia, como una hoja en blanco.
George Perec: los lugares de un ardid1
Traducido por Carlos Gardini
Durante cuatro años, desde mayo de 1971 hasta junio de 1975, hice análisis. En cuanto concluí el tratamiento me asaltó el deseo de decir, o mejor escribir, lo que había ocurrido. Poco más tarde, Jean Duvignaud propuso a la redacción de Cause commune que organizara un número de la revista alrededor del tema del ardid, y decidí espontáneamente que mi texto encontraría su lugar más adecuado en este marco de contornos mal definidos, pero marcados por lo inestable, lo vago y lo oblicuo.
Desde entonces transcurrieron quince meses, durante los cuales comencé una cincuentena de veces las primeras líneas de un texto que, al cabo de lagunas frases (grosso modo, las que acabo de escribir) se perdía inexorablemente en artificios retóricos cada vez más embrollados. Yo quería escribir, era preciso que escribiera, que encontrara en la escritura, por la escritura, la huella de lo que se había dicho ( y todas las páginas recomenzadas, los borradores inconclusos, las líneas abandonadas son como recuerdos de esas sesiones amorfas donde yo tenía la inefable sensación de ser una máquina de moler palabras sin peso), pero la escritura se petrificaba en precauciones oratorias, en preguntas presuntamente preliminares: ¿ porqué tengo necesidad de escribir este texto? ¿a quién está destinado en verdad? ¿porqué optar por escribir y publicar, por hacer público, lo que quizá sólo se nombró en le secreto del análisis? ¿porqué optar por asociar esta busca flotante con el antiguo tema del ardid? Tales eran las preguntas que yo planteaba con sospechoso encarnizamiento uno, dos, tres, cuatro —, como si fuera absolutamente necesario que hubiera preguntas, como si, sin preguntas, no pudiera haber respuestas. Pero lo que quiero decir no es una respuesta sino una afirmación, una evidencia, algo que ha acontecido, que ha surgido. No algo que estaba agazapado en el corazón de una problema, sino algo que estaba allí, muy cerca de mi, algo mío que debía decir.
El ardid es algo que sortea, ¿pero cómo sortear el ardid? Pregunta-trampa, pregunta-pretexto, anterior al texto y en cada oportunidad se demora el ineluctable momento de escribir. Cada palabra que yo planteaba no era un jalón sino un desvío, materia de ensoñación. Durante esos quince meses soñé despierto, con estas palabras meandro, así como durante cuatro años soñé despierto mientras miraba las molduras y fisuras del cielo raso.
Allá como aquí era casi reconfortante decirse que un día las palabras acudirían. Un día me pondría a hablar, me pondría a escribir. Durante mucho tiempo, uno cree que hablar de ello querrá decir encontrar, descubrir, comprender, comprender al fin, ser iluminado por la verdad. Pero no: cuando ocurre, uno sólo sabe que ocurre; está allí, se habla, se escribe: hablar es sólo hablar, simplemente hablar; escribir es sólo escribir, trazar letras en una página en blanco.
¿Acaso yo sabía que era eso lo que había ido a buscar? ¿Esta evidencia por tanto tiempo no dicha y siempre por decirse, esta mera espera, esta mera tensión, reencontrada en un farfulleo casi intangible?
Ocurrió un día y lo supe. Quería poder decir: lo supe enseguida, pero no sería cierto. No existe un tiempo verbal para decir cuando ocurrió. Ocurrió, habría ocurrido, ocurre, ocurrirá. Ya se sabía, se sabe. Simplemente algo se abrió y se abre: la boca para hablar, la estilografía para escribir: algo se desplazó, algo se desplaza y se traza, la línea sinuosa de la tinta en el papel, algo pleno y liberado.
Planteo desde un principio como evidencia esta equivalencia entre habla y escritura, así como asimilo la página en blanco con ese otro lugar de titubeos, ilusiones y tachaduras que fue el cielo raso del consultorio del analista. Sé
bien que no cae de su peso, pero así fue para mi a partir de entonces, y eso era precisamente lo que estaba en juego en el análisis. Eso fue lo que sucedió, lo que se modeló de sesión en sesión en el curso de esos cuatro años.
El psicoanálisis no se parece en verdad a los anuncios para calvos; no hay un antes ni un después. Hubo un presente del análisis, hubo un “aquí y ahora” que comenzó, duró, concluyó. También podría escribir que “tardó cuatro años en comenzar” o que “se concluyó durante cuatro años”. No hubo principio ni fin; mucho antes de la primera sesión, el análisis ya había comenzado, al menos en la lenta decisión de someterse a él, y en la elección del analista; mucho después de la última sesión, el análisis continúa, al menos en esta duplicación solitaria que remeda su obstinación y su estancamiento: el tiempo del análisis fue un enviscamiento en el tiempo, una hinchazón del tiempo; durante cuatro años el análisis fue algo cotidiano y común, pequeñas marcas en agendas, el trabajo desgranado en el espesor de las sesiones, su retorno regular, su ritmo.
El análisis fue al principio eso: cierta partición de los días los días con y los días sin y para los días con, algo que se parecía la pliegue, al repliegue del bolsillo: en la estratificación de las horas, un instante suspendido, diferente; en la continuidad del día, una suerte de determinación, un tiempo.
Había algo abstracto en este tiempo arbitrario, algo tranquilizador y temible a la vez, un tiempo inconmovible y atemporal, un tiempo inmóvil en un espacio improbable. Sí, por cierto, yo estaba en París, en un barrio que conocía bien, en una calle donde incluso había vivido anteriormente, a pocos metro de mi bar favorito y de varios restaurantes conocidos, y habría podido entretenerme calculando la longitud, la latitud, la altitud y la orientación (la cabeza en el oeste-noroeste, los pies en el este-sudeste). Pero el protocolo ritual de las sesiones desvinculaba el espacio y el tiempo de estas repeticiones: yo llegaba, llamaba, una joven me habría la puerta. Yo esperaba unos minutos en un cuarto destinado a esa función; oía al analista acompañando hasta la puerta al paciente anterior; instantes más tarde, el análisis habría la puerta de la sala de espera. Jamás transponía el umbral. Yo pasaba delante de él y entraba en el consultorio. Él me seguía, cerraba las puertas había dos, y entre ambas una entrada minúscula, algo así como una esclusa que enfatizaba la cerrazón del espacio —, iba a sentarse en un sillón mientras yo me recostaba en el diván.
Insisto en estos detalles triviales porque se repitieron dos o tres veces por semana durante cuatro años, así como se repitieron los ritos del final de la sesión: la llamada del próximo paciente, el analista que murmuraba algo parecido a “bien”, sin que ello implicara jamás una apreciación sobre los temas tratados en el curso de la sesión; luego se levantaba, yo me levantaba y, si era el momento, le abonaba sus honorarios (no le pagaba en cada sesión, sino cada dos semanas), él abría las puertas del consultorio, me acompañaba hasta la puerta de entrada y cerraba, tras una despedida formal que casi siempre consistía en una confirmación del día de la próxima sesión (por ejemplo, “hasta el lunes” o “hasta el martes”).
En la sesión siguiente, se repetían los mismos movimientos, los mismos gestos, exactamente idénticos. En las raras ocasiones en que no lo eran (y por ínfima que fuera entonces la modificación de un elemento protocolar, tenía un sentido, aunque yo no supiera cual), ello indicaba algo, tal vez simplemente que yo estaba en análisis, y que el análisis era eso, y no otra cosa. Poco importaba que estas modificaciones provinieran del analista, de mi, o del azar. Estos cambios minúsculos, ya hicieran desbordar el análisis en la conversación que lo rodeaba (como, por ejemplo, las raras ocasiones en que tomé la iniciativa de salir abriendo yo mismo las puertas) o que por el contrario quitaran al análisis una parte del tiempo que le estaba consagrado (cuando el analista, por ejemplo, en ausencia de la secretaria, debía atender el teléfono, o ir a recibir al próximo paciente o a un limosnero del Ejercito de Salvación) señalaban la función que estos ritos tenían para mí: el encuadre espacial y temporal de este discurso sin fin que a lo largo de las sesiones, de los meses, de los años, yo intentaría hacer mío, del cual intentaría hacerme cargo, en el cual trataría de reconocerme y de nombrarme.
La regularidad de estos ritos de entrada y salida constituyó pues para mí una primera regla (no hablo del psicoanálisis en general, sino de mi propia experiencia vivida y de los recuerdos que me han quedado de ella): su repetición tranquila y su inmutabilidad convenida designaban con serena cortesía los límites de este lugar cerrado donde, lejos del bullicio de la ciudad, fuera del tiempo, fuera del mundo, iba a decirse algo que quizá vendría de mí, sería mío, sería para mí. Eran como los garantes de la neutralidad bien intencionada de esa oreja inmóvil a la cual yo intentaba decir algo, como los límites amables, civilizados, un poco austeros, un poco fríos, apenas ampulosos, en cuyo interior estallaría la callada y cerrada violencia del diálogo analítico.
Así, tendido en el diván, la cabeza sobre un pañuelo blanco que el analista, antes que el próximo paciente entrara en el consultorio, arrojaba con negligencia sobre la parte superior de un pequeño archivo Imperio ya sembrado de pañuelos arrugados de las sesiones precedentes, las manos cruzadas detrás de la nuca o encima del vientre, la pierna derecha extendida, la izquierda ligeramente arqueada, me sumergí durante cuatro años en ese tiempo, sin historia, en ese lugar inexistente que iba a convertirse en el lugar de mi historia, de mi habla todavía ausente. Podía haber tres paredes, tres o cuatro muebles, dos o tres grabados, algunos libros. El piso estaba alfombrado, el cielo raso tenía molduras, las paredes estaban empapeladas: un decorado estricto y siempre ordenado, aparentemente neutro, que cambiaba poco de una sesión a la otra, de un año al otro: un sitio muerto y tranquilo.
Había poco ruido. Un piano o una radio, a veces, a lo lejos; alguien que en alguna parte pasaba la aspiradora o, cuando hacía buen tiempo y el analista dejaba la ventana abierta (aireaba a menudo entre dos sesiones), el canto de los pájaros de un jardín vecino. El teléfono, como he dicho, no sonaba casi nunca. El analista mismo hacía muy poco ruido. Yo oía a veces su respiración, un suspiro, una tos, ruidos intestinales, o el chasquido de una cerilla.
Era preciso que yo hablara. Para eso estaba allí. Era la regla del juego. Yo estaba encerrado con este otro en un espacio otro: el otro estaba sentado en un sillón, de tras de mí, podía verme, podía hablar o callar, y en general optaba por callar; yo estaba tendido en un diván, delante de él, no podía verlo, debía hablar, era preciso que mi habla llenara ese espacio vacío.
Hablar, por lo demás, no era difícil. Yo tenía necesidad de hablar, y tenía un arsenal de historias, de problemas, de preguntas, de asociaciones, de fantasmas, de juegos de palabras, de recuerdos, de hipótesis, de explicaciones, de teorías, de referencias, de refugios.
Recorría alegremente los bien señalizados caminos de mis laberintos. Todo quería decir algo, todo se encadenaba, todo estaba claro, todo se dejaba descortezar sin dificultad, en un gran vals de significantes que exponían sus amables angustias. Bajo el espejo fugaz de las colisiones verbales, bajo las mesuradas titilaciones del pequeño Edipo ilustrado, mi voz sólo encontraba su vacío: ni el endeble eco de mi historia, ni la turba multa de mis enemigos enfrentables, sino el trillado estribillo de papá-mamá, el sexo; ni mi emoción, ni mi temor, ni mi deseo, ni mi cuerpo, sino respuestas preparadas, chatarra anónima, exaltaciones de scenic-railway.
Las verbosas ebriedades de estos pequeños vértigos pansémicos no tardaban en esfumarse, y para ello bastaba con pocos segundos, unos segundos de silencio en que yo esperaba del analista una aprobación que nunca llegaba, y yo retornaba entonces a una morosidad amarga, más lejos que nunca de mi habla, de mi voz.
El otro, de tras, no decía nada. En cada sesión yo esperaba que hablara. Estaba persuadido de que me escondía algo, de que sabía más de lo que quería decir, de que también pensaba en ello, de que tenía segundas intenciones, casi como si las palabras que me pasaban por la cabeza se fueran a alojar en esas intenciones para ocultarse allí para siempre, suscitando, a lo largo de las sesiones, una bola de silencio tan pesada como huecas eran mis palabras, tan plena como vacías eran mis palabras.
Desde entonces, todo se convirtió en desconfianza, tanto mis palabras como su silencio, un fastidioso juego de espejos donde las imágenes reflejaban sin cesar sus guirnaldas de Moebius, sueños demasiado bellos para ser sueños. ¿Dónde estaba lo verdadero? ¿Dónde estaba lo falso? Cuando trataba de callarme, de rehuir esa repetición irrisoria, esa ilusión de un habla que afloraba, el silencio se volvía de golpe insoportable. Cuando trataba de hablar, de decir algo sobre mi, de enfrentar a ese payaso interior que hacía tales malabarismos con mi historia, ese prestidigitador que sabía tan bien como engañarse con sus ilusiones, de pronto tenía la impresión de reanudar el mismo rompecabezas, como si, a fuerza de agotar una por una todas las combinaciones posibles, un día pudiera al fin llegar a la imagen que buscaba.
Al mismo tiempo se instauró como una falla de mi memoria: empecé a tener miedo de olvidar, como si, al menos que lo anotara todo, ya no fuera capaz de retener la vida que escapaba. Cada tarde, escrupulosamente, con una conciencia maniática, me puse a llevar una especie de diario; era lo contrario de un diario íntimo; yo no consignaba allí sino hechos “objetivos”: la hora de despertar, en qué había empleado el tiempo, mis traslados, mis compras, el progreso evaluado en líneas o en páginas de mi trabajo, las personas que había encontrado o simplemente visto, el detalle de lo que había cenado en tal o cual restaurante, mis lecturas, los discos que había escuchado, las películas que había visto, etcétera.
Este pánico de perder mis huellas fue acompañado por el furor de conservar y clasificar. Guardaba todo: las cartas con sus sobres, los programas de cine, los pasajes de avión, las facturas, el talón de los cheques, los prospectos, los recibos, los catálogos, las convocatorias, los semanarios, los filtros secos, los encendedores vacíos, y hasta las cuentas de gas y electricidad de un apartamento donde no vivía desde hacía más de seis años, y a veces pasaba un día entero ordenando, imaginando una clasificación que ocuparía cada año, cada mes, cada día de mi vida.
Hacía mucho tiempo que había hecho lo mismo con mis sueños. Mucho antes de comienzo del análisis, había empezado a despertarme de noche para anotarlos en libretas negras de las que nunca me separaba. Muy pronto tuve tanta práctica que los sueños me llegaban escritos, con el título incluido. Pese al gusto que aún conservo por estos enunciados secos y secretos donde los reflejos de mi historia parecen llegar a través de innúmeros prismas, he terminado por admitir que estos sueños no habían sido vividos para ser sueños, sino soñados para ser textos, que no eran la vía regia que yo creía que serían, sino caminos tortuosos que me alejaban cada vez más de un reconocimiento de mi mismo.
De el análisis en sí, tal vez llamado a prudencia por mis ardides oníricos, no transcribía nada, o casi nada. Un signo en mi agenda la inicial del analista marcaba el día y la hora de la sesión. En mi diario yo escribía sólo “sesión”, a veces con un adjetivo generalmente pesimista (“triste”, “deslucida”, “aburrida”, “rutinaria”, “fastidiosa”, “desagradable”, “bastante pesada”, bastante molesta”, deprimente”, “ridícula”, “anodina”, “nostálgica”, “débil y deleble”, etcétera).
Excepcionalmente la caracterizaba, a partir de algo que el analista había dicho ese día, por una imagen, por una sensación (por ejemplo “calambre”), pero la mayoría de las anotaciones, fueran positivas o negativas, hoy carentes de sentido y todas las sensaciones con pocas excepciones, aquellas donde afloraron las palabras que llevarían el análisis por la buena senda se confunden para mí en el recuerdo de esta espera ante el cielo raso, el desasosiego de mi mirada que buscaba sin tregua en las molduras esbozos de animales, cabezas humanas, signos.
Del movimiento que me permitió abandonar estos ejercicios machacones y acuciantes y me brindó acceso a mi historia y a mi voz, sólo diré que fue infinitamente lento: fue el del análisis mismo, pero yo sólo lo supe después. Antes era preciso que se desmoronara esta escritura, que se erosionara la muralla de los recuerdos hechos, que se desplomaran mis refugios raciocinantes. Era preciso que yo volviera sobre mis pasos, que retomara ese camino recorrido cuyos hilos había destruido.
De este lugar subterráneo no tengo nada que decir. Sé que tuvo lugar y que, desde entonces, su huella está inscrita en mi y en los textos que escribo. Duró el tiempo en que mi historia se pone en orden: se fue dada un día, con sorpresa, con asombro, con violencia, como un recuerdo restituido a su espacio, como un gesto, como un calor reencontrado. Ese día, el analista oyó lo que yo iba a decirle, lo que, durante cuatro años, él había escuchado sin oír, por la simple razón de que yo no se lo decía, de que yo no me lo decía”.
- Capítulo Séptimo del libro “Pensar/Clasificar” de George Perec, publicado por Editorial Gedisa, Barcelona , 2001. [volver ↩]

