revista ISTMO

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Editorial

Desde los comienzos del trabajo psicoanalítico, Freud nos hizo ver que la poesía es una manifestación humana que porta el saber de una “multitud de cosas entre cielo y tierra con cuyo conocimiento ni sueña nuestra sabiduría académica”, declarándola, para entonces, precursora de la ciencia y por tanto del Psicoanálisis. Diferentes son los momentos que inauguran esta relación; lo primero es el interés de Freud por abordar las creaciones poéticas con el afán de confirmar sus propias teorías; lo segundo, estudios centrados en el proceso mediante el cual el material fantasioso de un artista es llevado hasta la creación. Si es el artista medico o enfermo, a fin de cuentas, parece quedar claro desde un comienzo: sin duda, y así lo creemos, más ha contribuido la Literatura con el Psicoanálisis que el Psicoanálisis con la Literatura.

Los trabajos en los que estas dos disciplinas se reúnen no se agotan, sin embargo, en los desarrollos freudiano. En Lacan, por ejemplo, ligado al surrealismo en sus inicios, vemos que el vínculo entre ambas alcanza una estrechez aún mayor. “La experiencia psicoanalítica nos dice ha vuelto a encontrar en el hombre el imperativo del verbo como la ley que lo ha formado a su imagen. Maneja la función poética del lenguaje para dar a su deseo su mediación simbólica”. Parafraseando a Mallarmé, nos es posible decir que tanto el poeta como el analista/analizado “ceden la iniciativa a las palabras”, en el intento por inscribir lo pulsional en las representaciones, incursionando en las regiones fronterizas del ser hablante y develando así el desamparo en el que nos abandona el lenguaje.

El psicoanálisis representa, al decir de Julia Kristeva, una invitación a un renacimiento, a una re-vuelta en la memoria, a un proceso de reestructuración por medio de la palabra a través del cual adviene la autonomía singular de cada uno asícomo su vínculo renovado con el otro. La literatura, en ese contexto, emerge como el sostén de todo proceso de re-vuelta, en tanto lugar en el que descansa la memoria de las palabras, en tanto práctica que, tomando como espacio real de sus reflejos la palabra real de los hombres, nos otorga la posibilidad de una conciliación y de un encuentro, permitiendo que en el lenguaje tirano tantas veces tengan cabida nuestros deseos.

Es al alero de esta posibilidad que damos a nuestra revista el nombre ISTMO, vocablo que designa una lengua de tierra que une dos porciones de gran extensión, al tiempo que alude a las fauces de la boca, lugar desde el cual emergen las palabras. Desde esta Lengua de tierra entonces, venga el diálogo entre el Psicoanálisis y la Literatura, y la emergencia de palabras que faculten un Encuentro.

Agradecer, claro, el apoyo de tantos: a Alejandro Bilbao, profesor del taller de psicoanálisis, quien además de orientar nuestro aprendizaje ha asesorado este trabajo con sus conocimientos; a Constanza Jarpa y Javier Irigoyen, que diseñaron la revista; a la dirección de la Escuela de Psicología y al Dae, que financian este primer número y, finalmente, a todos los compañeros que han impulsado este proyecto, convencidos de que es posible generar conocimientos en forma democrática y crear espacios abiertos al diálogo y a nuevas formas de enriquecerlo.