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Breve nota sobre el destino de la ficción
Gonzalo Abrigo1
No sé si es el psicoanálisis o es la literatura la que da para tantas cosas. A veces me detengo en kioscos bien nutridos y no en pocas ocasiones capto de reojo titulares que presentan Psicoanálisis y X, Psicoanálisis y Z ó Psicoanálisis e Y. Por supuesto, no son pocos los artículos (mucho de ellos célebres), conferencias, compendios o estudios comparados que se hacen llamar Literatura y Q, Literatura y R o Literatura y S. Llamativo al menos. Puede que ambas palabras significantes, corregirá algún lector, inspiren una ternura tal que tantas otras palabras quieran irrefrenablemente ir de la mano con ellas; o tal vez el público en general sea proclive a atribuirles distintas parejas, en el cahuineo de una especie de lachismo que se celebra, que no causa perjuicio alguno, sino todo lo contrario, pues expande los dominios de ambas, la prole de L y de p. Entonces, si me sigo, Literatura y Psicoanálisis bien puede ser un ensamble, un maridaje como bien refieren los enólogos, no menos exento de polémica, imagino, para chismosas casamenteras e inescrupulosos alcahuetes: mal que mal, se trata de un connubio con no pocos invitados, una de esas bodas que nadie, pero nadie osaría perderse. Qué va: hagamos la lista de invitados, veamos qué partes se cursaron. De un lado P con seguridad invitaría a mr. F, lo cual lógicamente causaría el enfado de L quien preferiría en vez de mr. F, contar con la presencia impagable de fibrosos dramaturgos griegos que montaran happenings de autos sacramentales en mitad del vals de los novios; pero acaso el novio (P) pudiese tomarlo como un histérico despropósito, quién sabe, una ofensa. L no dudaría en invitar a Shakespeare o a Lord Bacon o a Marlowe o a quien sea que haya estado tras bambalinas, pero de seguro el novio insistiría en presentar a mr. F como lejos el mejor lector de un autor que, simplemente, no existe. No podemos arriesgarnos, querida. Quién sabe quienes son los impostores —diría P, suspicaz como él mismo, no sin herir el dulce entusiasmo de L. Por su parte, P insistiría en postear invitaciones a cada socio de su heredad: monsieur J.L. o madame J.K, lo que a L le sentaría en gracia dentro de todo, y sólo se dedicaría a susurrar uno que otro reparo al entrenado oído de p. Tras cartón, L no dudaría en desperdigar partes de matrimonio a los cuatro vientos. Y ahí el desfile se haría interminable para P mientras L, haciendo alarde de su sobrada habilidad para el humor negro, deslizaría comentarios del tipo mi amor, ¿estás siendo consciente del presupuesto que significa que vengan todos mis invitados?, y cosas así, de una aguda liviandad, como es la Literatura. Su ramo nupcial nadie se lo pelearía2. Se me ocurre, a riesgo de enfadar a algún hipocrite lecteur de alguna remota ortodoxia, prescindible en todo caso, que no hay psicoanálisis sin literatura, ni hay psicoanálisis sin mito, lo que equivale a decir que no hay psicoanálisis sin ficción, ni psicoanálisis sin metáfora, sin metaphorikos, sin medio de transporte. Por el contrario, literatura, vaya descubrimiento, hay de mucho antes del siglo veinte. Curioso enlace este, entre un joven apuesto de garboso aire vienés (decadencia de alta pureza diría un personaje de Thomas Bernhard) , y esta milenaria dama de compañía que, pese a toda la sangre que ha corrido bajo el puente, no le entran balas. Remota como la prostitución, la Literatura ha tendido siempre a acompañar. Su vocación ha sido el guiar, como Virgilio a Alighieri antes de perder toda esperanza a un par de metros del umbral que conduce a la città dolente. Bien podríamos apostar: Literatura ha guiado desde su fundación al psicoanálisis, ha llevado de la mano a una disciplina que confió, acaso ciegamente, en traducir la experiencia artística, como supuesto espejo privilegiado de lo humano, a un diagrama de flujos desprovisto del adorno “histérico”, “primitivo” del mito y del horror de la orla subjetiva. Ciertamente la práctica psicoanalítica pareciera haber llegado a alguna parte, una parte que, curiosamente, para muchos no es ninguna parte, y que acaso fue el máximo sustrato de su teoría: el inconsciente. El crítico Harold Bloom no deja de enseñar a sus alumnos de Yale que Freud es fundamentalmente Shakespeare en prosa y que la recordada frase “yo inventé el psicoanálisis, puesto que no tenía literatura”, fue un infortunio del propio Freud antes de darse cuenta de que toda su cartografía de la mente estaba en Shakespeare. Freud nunca quiso convencerse del todo y su opinión también alimentó la burda leyenda de que otro habría sido el autor de las tragedias —Edward de Vere, conde de Oxford—, en una reacción que mantuvo hasta su muerte3. El ácido Bloom, admirador de Freud como ensayista (el Montaigne del siglo XX), observa que el psicoanalista escribió su propio Hamlet en La interpretación de los sueños, su propio Macbeth en Más allá del principio del placer, su Otelo en Inhibición, síntoma y angustia y un Rey Lear en Tres ensayos acerca de una teoría sexual. También se ha afirmado que Freud es uno de los mejores cuentistas de los pasados cien años, y que eso quedaría demostrado en los increíbles relatos de los casos. En un afán personal de aprender sobre la dinámica de ciertas derrotas íntimas, a mí sólo me bastaría con saber qué texto de Freud es el plagio en prosa de Trabajos de amor perdidos o de Querellas de un amante. Sólo para echarles una mirada. Algo de seriedad. Literatura sólo conduce a más Literatura. Psicoanálisis y Literatura es un enlace esencialmente estético y en eso radica la productividad de su vínculo. Sólo Literatura pudo engendrar más Literatura y concebir un escritor exquisitamente críptico como Lacan. Pero así como encamina infinitamente a la isla de utopía, la Literatura es un arte de la adivinación, una arte que sabrá anunciar el tiempo en que habrá de enmudecer, ensañarse con su lucidez y, como dice Borges, enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin. Literatura + Psicoanálisis = Literatura / Psicoanálisis – Montegrande, 14 de Octubre
- Egresado de la Escuela de Psicología de la PUCV, con estudios de Post Grado en la Universidad de Chile. Ha publicado artículos en distintos medios [volver ↩]
- La nomenclatura y los extractos corresponden a los personajes y al texto de Guillermo Ágitapedear, poeta boliviano de culto que lució entre 1941 y ¿1979?. Se sabe que vivió de forma itinerante, montando comedias en el altiplano, y que murió en Sierra Gorda, localidad ubicada al suroeste de Calama, por donde todavía pasa un tren de carga con las iniciales de su nombre y apellido, que él mismo habría garabateado con pintura blanca en una de tantas tardes ventosas en el desierto. J.L. corresponde a Jaques Lacan, J.K. a Julia Kristeva. El resto es imaginable. [volver ↩]
- Para una profundización de la perspectiva de Bloom, el lector pude remitirse al clásico “The Western Canon. The Books and School of the Ages”, vertido al español como “El canon occidental”, y al capítulo 16 de la cuarta parte del mamotreto (The Caotic Age), titulado “Freud: una lectura shakespeariana” [volver ↩]

