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¿Qué se ama cuando se ama?
Lo erótico y lo sagrado
Por Juan Ignacio Arias Krause1
¡Podemos comprender que la amada,
apenas pronunciadas las palabras del amor,
cambie, desaparezca, se destituya?
¡Y todavía sientes la presión del abrazo,
el calor de su beso
y su boca ha expirado?
A un muerto, a un muerto se debe este mundo.
Eduardo Anguita. Venus en el pudridero.
La relación entre el erotismo y lo sagrado, es un tema que excede con mucho este trabajo dada la gran magnitud de sus manifestaciones, pero que intentará ser tocado en su momento más íntimo, siguiendo los aportes hechos por Georges Bataille al respecto.
Por ahora, no interesan los testimonios de las diversas culturas y obras que se han entrelazado en dicho problema2 , sino que se intentará destacar cuánto de común hay entre lo erótico y lo sagrado. Partiremos por el sentimiento que les es afín, como es la carencia del objeto perdido3 , la cual denominaremos, simplemente, como sentimiento de pérdida.
Tal sentimiento constituye al erotismo como una experiencia sobre todo pesimista de la existencia, donde lo perseguido y lo que se ha pretendido haber alcanzado alguna vez, por alguna circunstancia, se ha desvanecido al momento mismo de haber creído asirlo.
El sentimiento de pérdida de los amantes se trastorna en la búsqueda de algo inmemorial, en anhelo, como dice Bataille, de una “continuidad perdida” que fundaría y sería la esencia del ser. Este pensador introduce, en su libro El erotismo, con el fin de establecer la relación entre lo sagrado y lo erótico, dos conceptos en relación al ser: continuidad y discontinuidad.
Resulta en una primera lectura bastante difícil concebir el vínculo que establece el autor entre muerte y continuidad del ser, pues en un primer acercamiento es casi inevitable pensar lo contrario, la muerte como discontinuidad. Sin embargo, esclarece bastante el enfrentarse a tal idea con la mirada dialéctica que realiza el mismo autor en el ensayo titulado Hegel, la muerte y el sacrificio.
De manera ingenua, la muerte puede ser pensada como acabamiento, como fin de una existencia cualquiera. Es lo discontinuo de un determinado ente. Algo se acaba al morir. Esto es así, pero sólo al ser pensado de manera estática, fijada en el en sí. Si se logra, en cambio, una comprensión del movimiento, concibiendo esas determinaciones como momentos dentro de un proceso, donde su en sí no se encuentra cerrado, sino en relación y en transito con su otro, cuando algo muere, este algo no se acaba y pasa a la nada, sino que, de él, algo se recupera. En verdad, lo único discontinuo es el Yo que pretende aferrarse a sí mismo como algo único. Por ello, la acción erótica, que busca la fusión con el objeto amado, es la máxima disolución de esa individualidad. Utilizando un concepto de Bataille, podemos decir que la transgresión de esa individualidad, que es su muerte, es el comienzo de la continuidad4.
La transgresión, de todos modos, no comprende necesariamente la unión corporal, y de ella el nacimiento de un tercero, como podría leerse ingenuamente el movimiento dialéctico referido. La continuidad es en orden del ser y no del cuerpo.
“Le parece al amante que sólo el ser amado —cosa que proviene de correspondencias difíciles de definir, donde a la posibilidad de unión sensual hay que añadir la de unión de los corazones— puede, en este mundo, realizar lo que nuestros límites prohíben: la plena confusión de dos seres, la continuidad de dos seres discontinuos5.”
Por lo tanto, –semejante al mito platónico del andrógino– gracias a la muerte de la discontinuidad, nacida de la individualidad, es donde surge la ilusión de una continuidad en el orden del ser. Pero, como ya hemos advertido, esa es sólo la ilusión pasajera de la pasión, la imposibilidad de encontrar el objeto perdido en todo amante –y en verdad de todo ser humano– en tanto se presenta como un fondo vacío, que ancla su base en la estructura psíquica del sujeto deseante.
“La pasión nos adentra así en el sufrimiento, puesto que es, en el fondo, la búsqueda de un imposible; y es también, superficialmente, siempre la búsqueda de un acuerdo que depende de condiciones aleatorias. Con todo, promete una salida al sufrimiento fundamental. Sufrimos nuestro aislamiento en la individualidad discontinua. La pasión nos repite sin cesar: si poseyeras al ser amado, ese corazón que la soledad oprime formaría un sólo corazón con el del ser amado. Ahora bien, esta promesa es ilusoria, al menos en parte. Pero en la pasión, la imagen de esta fusión toma cuerpo —y en ocasiones de manera bien diferente para ambos amantes— con una intensidad loca. Más allá de su imagen, de su proyecto, la fusión precaria que no atenta a la supervivencia del egoísmo individual puede, de algún modo, entrar en la realidad. Pero da igual; de esa fusión precaria y al mismo tiempo profunda, el sufrimiento —la amenaza de una separación—, debe mantener casi siempre una plena conciencia6”
El sentimiento de pérdida nace junto con la conciencia de la discontinuidad, y quizás ambas sean connaturales, pues la discontinuidad, en claves lacanianas, no sería otra cosa que la pérdida de la vivencia primordial, siendo el sentimiento de pérdida el anhelo de aquel estado.
En el erotismo es donde se da con mayor patencia ese anhelo de la continuidad del ser, en tanto es sentido como una pasión; sin embargo, tal sentimiento le es común a lo sagrado, pues de él también se piensa el ser continuo y en su sentido pleno, pudiendo, en esta relación, Bataille aclarar que “todo erotismo es sagrado”, agregando: “la búsqueda de una continuidad del ser llevada a cabo sistemáticamente más allá del mundo inmediato, designa una manera de proceder esencialmente religiosa; bajo su forma familiar en Occidente, el erotismo sagrado se confunde con la búsqueda o, más exactamente, con el amor de Dios7.”
Por ello, la pregunta y las preguntas que realiza el poeta chileno Gonzalo Rojas en su poema ¿Qué se ama cuando se ama? – pregunta rememorativa de Las confesiones de San Agustín –, donde el sentimiento erótico se eleva como pregunta a un Dios, circunscribiendo en la misma área los temas mencionados, de lo erótico y lo sagrado:
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios8:
la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte9?
¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura,
sus rosas, sus volcanes10, o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?11
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer ni hay hombre sino un sólo
cuerpo: el tuyo, repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?12
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar trescientas a la vez13, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.14
Pasión erótica y sentimiento religioso se encuentran aunados por la muerte, que los enlaza en tanto anhelo de algo de lo que no es posible dar razones, pues, como se ha dicho, se liga a una experiencia anímica, al margen de lo representable. No son, por tanto, diversos los sentimientos vinculantes, sino uno, que nosotros hemos llamado de pérdida o carencia, o que puede llamarse, simplemente, de muerte, o como lo llama Freud, esa “hipótesis inevitable”.
“Es el común desastre del hombre y la mujer” el que ambos mueren, y saber que hermafrodita muerte se les mete en la cama y hace el amor con ambos, y los ama15.
Sin embargo, no podemos comprender, en este nivel psíquico, la muerte como muerte del cuerpo, sino que habría que engarzar esta muerte con la teoría de las pulsiones, y principalmente con las teorías presentadas por Freud en los años 20, en el Más allá del principio del placer.
En esta teoría, la pulsión de muerte es la fuerza fundamental de todo ser vivo a volver a un estado inorgánico, procurando un retorno a un estado anterior de lo vivo, por lo tanto a lo no-vivo, a la muerte. Esta idea pareciera encontrarse directamente tocada por el pensamiento nietzscheano16, y desde él, por la filosofía de la Voluntad de Schopenhauer. A lo que se tendería, por tanto, es volver a esa fuente viva perdida, a la vivencia primordial, a la continuidad del ser, si se quiere, siguiendo a Bataille. No sería propiamente, como describe Freud, un intento de volver a lo no vivo, sino al estado pleno del goce desde donde surge el deseo en cuanto tal, esto es, no deseo por un objeto determinado, sino ensimismado, deseo por el deseo.
- Doctor en Filosofía PUCV. [volver ↩]
- Someramente, podemos vislumbrar con cierta nitidez los vínculos que se pueden encontrar en nuestra cultura occidental al respecto, los cuales son amplísimos y variados. En la tradición judeo-cristiana se inicia de manera explicita con el libro “Sapiencial” del Cantar de los cantares, que se encuentra en el Antiguo Testamento. La enseñanza tradicional de la Iglesia ha transmitido que el amor entre Salomón y la Shulamita, representan el amor de Dios y su Iglesia, sin embargo, una la traducción al castellano directa del hebreo del poema, realizada por Gastón Uribe, ha echado por suelo dicha teoría, recuperando su profundo matiz erótico. Junto con este poema, destacan las obras realizadas por la mística cristiana –especialmente en el siglo de Oro español–, las que constituyen un monumento en esta forma de comunicación con Dios. [volver ↩]
- La referencia al objeto perdido es la clara vinculación a las teorías freudiano-lacanianas, las cuales son el soporte del análisis que emprendemos acá. Al hablar de sentimiento de pérdida, no hacemos otra cosa que referirnos al sentimiento vital del amante que, a sabiendas o no de la estructura psíquica del sujeto, se ve enfrentado ante la imposibilidad de alcanzar el estado mítico de la vivencia de satisfacción mediante el placer, que en última instancia siempre devendrá tendencia vacía, como placer de desear, dado que el objeto tensional que persigue se encuentra ya perdido en un universo pre-simbólico. [volver ↩]
- En el ensayo mencionado –Hegel, la muerte y el sacrificio– la transgresión podría ser recreada como la comedia del sacrificio, donde el sacrificador realiza el simulacro de la muerte propia al dar muerte al otro, de modo tal que, mediante este espectáculo, se llega a la toma de conciencia de la propia negatividad, aconteciendo
así la superación de la propia finitud. [volver ↩] - Bataille, G., El Erotismo, Tusquets Editores, 1997. [volver ↩]
- Ibíd. [volver ↩]
- Ibíd. [volver ↩]
- Este poema es ya un referente en la literatura erótica chilena, y sin duda uno de los más populares de su autor. Con esta primera pregunta el poeta accede al problema por aquello a lo que se tiende en la pasión erótica, teniendo como correlato de la pregunta una figura divina. No se pretende con ello tan solo una especie de dialogo retórico entre el que pregunta y Dios, sino que, como se verá al comienzo de la segunda estrofa, el interlocutor formará parte de la misma pregunta, siendo una posible respuesta a la cuestión inicial. [volver ↩]
- La dualidad vida-muerte es la tentativa de la duda por no comprender si el amor es obra de la vida o de la muerte, en términos freudianos, la pregunta es por las pulsiones: ¿es eros una pulsión que liga o que destruye?, el sentimiento de perdida hace mayormente problemática la interrogante. [volver ↩]
- ¿Es la mujer, como cosa-en-sí, la amada, como algo estático y fijo frente al amante, lo que se ama?, esta formula amorosa se encuentra sujeta a una consideración metafísica de relacionarse con el mundo, como un yo cerrado (sub-jectum) que se encuentra frente a los objetos (ob-jectum). [volver ↩]
- La sangre furiosa al entrar en ella, es la compresión del poeta des-sustantivizado, disuelto en la pasión. El poeta se comprende deseándose en el deseo, y no, como postuló recién, deseando un objeto fuera de sí y como siendo afectado por él. [volver ↩]
- Luego de la puesta en duda del acto amatorio, del juego de la pasión, el poeta deslinda el plano, directamente sexual, al religioso; es la tendencia a la continuidad del ser que se confunde entre la fugacidad de la pasión sexual y la plenitud de tal continuidad. [volver ↩]
- La impotencia del poeta de desear y no poder amar a las 300 mujeres a la vez, da cuenta de la estructura del deseo como deseo del deseo, de la insatisfacción del mismo dada la irrepresentabilidad de la vivencia primordial. [volver ↩]
- Concluye el poema con la conciencia idealizada del amor, relacionándola con la vivencia mítica del mito del Génesis, pero que tiene una conocido derivación platónica, llenando de este modo la pregunta del objeto perdido, derivándola a una persona y experiencia determinada. [volver ↩]
- URIBE, Armando. Te amo y te odio. Ediciones Diego Portales. Santiago. 2005. [volver ↩]
- “Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin poder atraparlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el demón; hasta que forzado por el rey, acaba prorrumpiendo en estas palabras, en medio de una risa estridente: «Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¡por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti -morir pronto.»” Nietzsche, Nacimiento de la tragedia § 3. La sentencia del Sileno representaría la fuerza pulsional de muerte postulado por Freud, teoría que anteriormente había presentado Schopenhauer como sistema metafísico, al concebir el mundo dominado por dos distintas “fuerzas”, la de la representación y de la Voluntad. La primera sería la concreción del principio de individuación, el querer aferrarse a esta vida, con la ilusión de un Yo eterno y cerrado en sí mismo, frente a una Voluntad originaria, de donde todo adviene y posteriormente deviene. La ilusión del Yo consiste justamente en no comprender que, aunque por momentos pueda determinar sus actos de manera libre, siempre se encontrará en esta rueda del samsara, sin darse cuenta que todo lo que él construye queriendo perpetuarse no es sino cegado con el velo de Maya, de la ilusión, y que lo mejor para él es sumergirse en la corriente devorante de la Voluntad. [volver ↩]
