revista ISTMO

Los Tiempos de la Desesperanza

Por Rodrigo Cornejo1

1.

Décadas y décadas han transcurrido desde los inicios de una práctica y un saber, el del psicoanálisis, durante los cuáles hay algunos que se han esforzado por aportar y abrir el campo de discusión, mientras otros se ven tentados a repetir (con todo el peso analítico que esta palabra conlleva) una práctica y una enseñanza que, en ocasiones, resulta un poco confusa. Dentro de estas confusiones, inmerso en una de estas problemáticas podemos hallar un tema, que no siendo menor dentro del cuerpo psicoanalítico, no ha obtenido la atención que merece. Me refiero al tema del tiempo, al problema de la temporalidad en el psicoanálisis. Hablar del tiempo en psicoanálisis es hablar tanto del tiempo de las sesiones (de su duración) como de los tiempos psíquicos que rigen nuestro aparato anímico2. Este ensayo intenta elaborar ciertas luces que permitan aclarar estas confusiones, acompañando el recorrido por el comentario de una novela, “La Desesperanza”, de José Donoso, que, desde mi parecer, presenta los elementos suficientes como para cuestionar estas confusiones acerca del tiempo, del mismo modo que es un escrito en donde el cruce de temporalidades y la fuerza misma del fenómeno temporal en la construcción de los personajes y de la propia historia, llevan la impronta de la pluralidad temporal que se afirma como el elemento central de toda clínica psicoanalítica.

2.

“La desesperanza” es el título de una de las últimas novelas del escritor chileno, cuyo protagonista es Mañungo Vera, ídolo de los ’703, artista de masas, emparentado a los movimientos populares de izquierda, su canciones fueron seguidas por miles de jóvenes. De pelo largo, desgarbado, alto, delgado y con una guitarra que lo acompañaba para todos lados, Mañungo ha vuelto a Santiago después de una larga estadía en Paris. No fue exonerado, ni preso político. Nunca fue un revolucionario como tal, más bien un artista de alto nivel que se emparentó demasiado con la izquierda chilena. Lo suficiente como para ser reconocido como políticamente de izquierda, demasiado poco como para no ser buscado ni ajusticiado después del golpe. Incluso, su música y su estilo eran apreciados por la gente del bando contrario (Freddy Fox y Ricardo Farías gustaban de su música). Mañungo, amigo de todos, regresaba a Chile el día de los funerales de Matilde Urrutia de Neruda. El retorno de Mañungo es el retorno del héroe, pero de un héroe que se ve a sí mismo sin consistencia, un cliché, un héroe para masas, para deleitar con su voz, más no con su mensaje, historia que se repetía tanto en Chile como en el extranjero. Es la aparición de un “ídolo de pacotilla, por cierto de yeso o cartón-piedra, puro simulacro, producto comercial creado por los medios de difusión de masas europeos para un público que después del hastío quería consumir revolución y protesta, materias con que Latinoamérica debía vigorizar, como antes con el guano, el desgaste de los países desarrollados. Espurio, eso era Mañungo: vacío4” . El retorno de Mañungo es el retorno de un pasado que ya no es, de un tiempo que insiste, que resuena en todos quienes alguna vez conocieron al héroe. Frente a la insistencia de definición, Mañungo responde con evasivas. “-¿Qué solución propones para los problemas políticos actuales del país?. -No sé todavía. No creo que lo que yo proponga pueda tener mucho peso… -¿Has tomado parte en la resistencia activa en el extranjero?. -Sí, hasta cierto punto: me has oído cantar. -¿Por qué hasta cierto punto?.- Porque en este momento no estoy seguro de nada. -¿No tienes convicciones entonces?. -Sólo las básicas. -¿Eres un débil?. -Al contrario… -¿Te piensas definir?. -Tal vez… -¿En qué crees?. Mañungo rió: no sé todavía. Cuando cante aquí lo sabré5”.

De alguna manera, el propio Mañungo sigue aferrado a ese tiempo, a pesar de sus propias convicciones de afirmar lo contrario. Sigue aferrado a su anhelo de fetiche que se muestra para ser idolatrado, reconocido por la multitud y también cuando necesita cambiar el curso de los hechos y para ello recurre a su nombre. Por ejemplo, para saber del estado de salud de su amigo Lopito, quien había sido llevado a la comisaría por enfrascarse en una discusión de borracho con un carabinero en el cementerio (para el día de los funerales de Matilde). “Dígale a su capitán que Mañungo Vera desea hablar con él6”, o cuando a medianoche, todavía en la calle (impuesto el toque de queda) fue descubierto por un agente del servicio de inteligencia y su amante quien, al reconocerlo se sintió privilegiada al presenciar tamaño evento. “No puede ser –dijo la rubia, triunfante- ¿Qué puede estar haciendo Mañungo Vera tirado en la calle Las Hortensias a las dos de la mañana?7”.

Pero mientras el regreso de Mañungo a Santiago es también un retorno geográfico (a parte de ser un retorno a sus propios fantasmas), hay otro retorno, hay otra insistencia, quizás más desgarradora e imposible que se ha ido conformando en la vida de otro de los personajes de esta novela; me refiero al tiempo que insiste en Judit Torre Fox. Mujer de treinta y tantos años, de origen acomodado, de facciones finas y bellas, y que sin embargo se unió desde joven, se sintió identificada con los movimientos sociales que emergían en nuestro país dentro de la izquierda. El azar hace que la vuelta de Mañungo a Santiago sea para ambos un reencuentro. Ella en el pasado, un pasado por lo demás no muy lejano compartió junto a otras jóvenes, con muchas de las cuales las une un fuerte vínculo emocional, la desgarradura de la cárcel y de los vejámenes de los que eran víctimas muchas mujeres por parte del aparato represivo de nuestro país. Pero hay en ella una particularidad que marca la diferencia con el resto de las otras mujeres: Judit no fue ultrajada, Judit no fue violada por sus verdugos. Y desde ese momento, esa voz que le hablaba y esa mano sudada que la tocó por entre las piernas pero sin llegar nunca al destino que ella conscientemente aborrecía, la asaltaban una y otra vez. Ella no tenía la marca de la deshonra que sí compartían las demás mujeres, sin embargo nadie más que la propia Judit lo sabía, ¿por qué su verdugo la había perdonado en el momento en que ella esperaba lo peor? ¿por qué su cuerpo se preparaba una y otra vez para acoger a esa mano que finalmente nunca la tocó? Ella también deseaba haber compartido esa marca que unía a todas sus compañeras de prisión. Ella anhelaba enfermizamente haber sido violada por ese hombre. Ese tiempo que nunca fue, ese tiempo que se perdió porque nunca pudo llegar a completarse es el tiempo que insiste en Judit, y la despierta a medianoche, y la hace escuchar obsesivamente en cada ruido nocturno esa voz que incomprensiblemente la perdonó y se imagina un rostro que nunca vio pero que todos intentan dibujarle, mediante datos y señas para vengar su supuesto ultraje. “Vendrá tu hombre, de bigote negro y ojos verdes, que será tu destino… Judit sintió que el resto de esta pesadilla que se prolongaría durante toda la noche sería pura imagen, sucesos virtuales que sólo existirían bidimensionales en el mercurio del espejo, la repetición de la repetición de la repetición8”. Sin embargo esa primera afirmación, ese primer imperativo, no sólo se repite una noche, y en su dimensión visual; por el contrario, Judit es asaltada eternamente por la incertidumbre de ese encuentro que no fue y que ella desea que se concrete. “¿Cuántas veces le habían anunciando a su hombre?9”. Pero en verdad, ella nunca tuvo hombre, de todas sus compañeras de celda, ella fue la única que no tuvo hombre, ella fue la única que se salvó de la deshonra. “Las otras tuvieron hombre: la crueldad, la humillación se definió en la materialidad de un verdugo con rasgos diferenciados, uno para cada uno. Ella en cambio fue perdonada10”. Mañungo y Judit se definen entonces a partir de esta inconsistencia, de este vacío que los atormenta, pero del cual tampoco desean escapar, por el contrario, de alguna manera gozan de esta estadía en este limbo psíquico.

3.

Cuando Freud nos dice que los fenómenos del inconsciente son atemporales, nos dice que ellos no son tocados, atravesados por el tiempo de la conciencia. “Los procesos del sistema Icc son atemporales, es decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el transcurso de este, ni en general tienen relación alguna con él11”. Pero el hecho de no estar alterados por el tiempo de la conciencia, hace a los procesos atemporales inmodificables, perennes al paso del tiempo, en cierta forma, “psíquicamente eternos”.

Al respecto Kristeva nos señala que “conforme a la tesis filosófica clásica según la cual, como acabo de recordar, el tiempo es un dato de la conciencia, para Freud… el tiempo es el tiempo de la conciencia, así como la percepción moldeada por la conciencia. En cambio, tanto el inconsciente… como el Ello, gozan de una temporalidad denominada “Zeitlos”, fuera de tiempo12”. En su radicalidad, estamos hablando de un tiempo de la muerte. Kristeva nos muestra que lo que “Freud denomina ‘muerte’ (psíquica o biológica) no es un tiempo muerto, sino que posee un tiempo propio; lo que llamamos “muerte” es una temporalidad escandalosa (Zeitlos)13”, esto es, una “temporalidad que no temporaliza, que trabaja en la conciencia y en el psiquismo14”.

Nos preguntamos entonces ¿qué es lo que insiste en Mañungo?, ¿cómo está conformado este tiempo de la muerte que insiste en nuestro protagonista?. El autor nos da una luz al respecto. Éste nos dice que “el pasado no suele ser una experiencia propia sino una experiencia refractada por la memoria de otros15”. Si ese tiempo que insiste, afecta la vida psíquica del sujeto es porque éste se ha dejado insistir por la presencia demasiado cercana de los otros y que en última instancia (y en otro registro) remiten al Otro. Algo no ha quedado saldado en el psiquismo del sujeto y por ello se produce vía T2 (tiempo 2) la emergencia de T1 (tiempo 1), esto es, los dos tiempos del trauma, la estructura misma del fenómeno traumático. Lo que insiste en Mañungo es ese tiempo que nunca pudo ser completado, ese tiempo en el cual el héroe, el ídolo hubiese pasado a la historia como un verdadero ídolo, con la consistencia que sólo podía tener un verdadero artista como lo era Pablo Neruda, por ejemplo. Pero Mañungo nunca se definió por una causa, nunca supo llevar a buen término sus principios, su deambular lo llevó a escapar de Chile cuando supo que ya no habría de encontrar el respaldo necesario para su música, y retornando a Chile cuando reconoce que en Europa no es más que un cadáver olvidado. Mañungo quiere ser un verdadero héroe, sin embargo cada vez que debe afirmar esta condición decide escapar y tomar la ruta más fácil para su propio beneficio. Nada de causas sociales, nada de grandes movimientos, nada de revolución, Mañungo es un vacío que deambula intentando encontrar consistencia en la palabra de sus otros, pero al mismo tiempo son justamente estos otros quienes con su decir, lo obligan a reconocerse en falta, olvidado. Por ello, cuando se lo reconoce como supuesto ídolo en su patria, sabe que es tan sólo un engaño, que él no es aquello que sus compatriotas creen que él es. Ese es el tiempo que insiste una y otra vez dejando a Mañungo en la incertidumbre de la duda, de la indefinición.

Por otro lado, ¿qué insiste en Judit, de qué orden es este tiempo de la muerte que resuena una y otra vez en esta joven atormentada? Lo que resuena en su psiquismo es aquello que no pudo ser consumado, completamente elaborado en el momento de su encierro y que la mantuvo angustiada mientras no sabía si el fatal destino se habría de cumplir o no. Lo que insiste en Judit es ese tiempo en el cual su cuerpo estaba preparado para cobijar tamaña cobardía, pero que justamente al no ser objeto del deseo de ese hombre de voz gangosa y manos sudadas, la ha dejado en la más completa incertidumbre a partir de una anhelada venganza (a nivel conciente) pero de deseo de consumación del acto mismo (a nivel inconsciente). Pero ¿en qué tiempo insiste ese tiempo de la muerte, tal como lo denomina Kristeva?. Ese tiempo insiste siempre en el presente del sujeto. Insiste en la cotidianeidad para despertarlo y recordarle que no puede hacer, a pesar de él, lo que él quisiera. Judit, no sabe por qué no pudo matar a quien supuestamente era “su hombre”, Ricardo Farías. Lo que moviliza al goce no es el objeto, sino la inercia misma de ese movimiento. Lo que atormenta a Judit es lo mismo que la moviliza y que le impide dispararle a su hombre en el momento en que tiene la oportunidad de hacerlo. Repetimos, ese tiempo de la pulsión indestructible, insiste siempre en el presente del sujeto dejándolo sin la esperanza de algo nuevo, dejándolo en la más completa vacuidad del movimiento repetitivo. El tiempo de un pasado que insiste en el presente es el tiempo de la desesperanza.

4.

Mañungo y Judit estarían condenados a esta insistencia del tiempo de la desesperanza, si viésemos en el pasado tan sólo al tiempo fundamental, lineal y que determina los eventos que sucederán en el psiquismo del sujeto. Pero lo que nos enseña la clínica lacaniana es que, lo esencial no pasa por el hecho de que el paciente llegue a recordar (con exactitud de los eventos ocurridos en su historia pasada), o a rememorar (con toda la carga afectiva que ello implica) estos sucesos: “Lo que cuenta es lo que reconstruye de ellos16”. Vemos cómo el énfasis está puesto en el presente y al mismo tiempo en la posibilidad de lo nuevo, de lo improbable,de lo imposible que nos depara el propio discurso. Lo singular del acontecimiento es que es capaz de borrar las condiciones previas, el manto de regularidad que lo precedía y darle a la escena un nuevo sentido. Como nos enseña Miller, el tiempo es un efecto de la estructura significante. Pero justamente aquello que inaugura el tiempo, no se inscribe como tiempo. Es el corte que inaugura la temporalidad inconsciente. En ese instante se juega el tiempo, se juegan los tiempos.

El acontecimiento reconfigura lo que anteriormente era sólo del orden de lo virtual. Mañungo vive los funerales y las primeras horas en Santiago con la intensidad del que retorna después de muchos años, sin embargo, todo le parece tan precario, tan inconsistente que siente la necesidad de volver lo antes posible a Europa. Su hijo francés, Jean Paul no comprende esta cultura en la cual ha nacido su padre y a cada rato le recuerda sus contradicciones.

Judit piensa partir con el ídolo y olvidar su pasado, olvidar sus imágenes, la voz gangosa y las manos sudadas que la asaltan a cada instante. Ella ve este hecho como la única salida a sus tormentos. Sin embargo, Mañungo y Judit viven juntos, pero cada uno a su manera la radicalidad del instante, de ese acontecimiento que reconfigura sus historias y sus proyectos, a partir de la muerte de un ser tan insignificante como lo es Lopito17. De la misma generación que Mañungo, borracho, irónico creador perdido en el mar del vicio, estéticamente horripilante, eterno enamorado de la hermosa Judit, Lopito representaba el tedio y el horror de una época, representaba la posible inercia en la cual cualquiera de los personajes podía tropezar dadas las desfavorables condiciones sociales. Más aún, Lopito representaba a aquel sujeto que decidió quedarse en el país, para luchar contra el régimen desde adentro, mientras miles de otros, obligados o por propia decisión prefirieron partir al exilio. Y esa lucha de los que se quedaron estaba condenada a la fracaso. Judit se había ido por algunos años a Venezuela mientras Mañungo venía llegando de Francia. Y Lopito los había envidiado, con la rabia del que se sabe inferior y determinado por las circunstancias. Sin embargo su muerte inaugura la radicalidad del instante, en el cual Mañungo y Judit convergen en afrontar su propia realidad. Judit gracias a la muerte de Lopito supo que ella se definía sólo gracias al odio. La vida le dolía, e insistía a pesar de ella producto de aquella triste mutilación psíquica que le había deparado la historia. Y ella supo reconocerlo en ese momento. Lo único que la había dotado de forma y consistencia, cosa que desde el momento de su arresto carecía, eran los viejos tiempos del peligro diario y de la clandestinidad. Ya no podía marcharse a Paris con Mañungo. Su destino era quedarse. Judit se da cuenta de su giro y expresa, “es que ahora puedo enfrentarme con cualquier cosa…18”. Por su parte, paradójicamente, con la muerte de Lopito, Mañungo cobra vida, cobra consistencia y adquiere el valor de afrontar la realidad de ser un ídolo de pacotillas y un artista menor, destinado a la desaparición. Durante toda su estadía nunca estuvo seguro de nada. Respondió ambiguamente a los requerimiento de la periodista que lo entrevistó pocas horas después de su llegada, prometió a su hijo que volvería temprano desde la Chascona (donde velaban a Matilde Urrutia) al hotel donde aquel lo esperaba y no cumplió, no estaba seguro si quedarse o irse con Judit de vuelta Francia, qué sentía por ella, no lo sabía. Pero la muerte de Lopito lo sumió en la desgarradora certeza de quien sabe lo terrible de una decisión. Eso es lo que le dice a Judit luego de reconocer el cuerpo de Lopito en la comisaría. “Mañungo se detuvo para mirarla, manchada de lágrimas y desgreñada, a todo sol. Le contestó: -Es que no me quedo por amor a ti. Eso lo sabes. -¿Por qué te quedas entonces?. -¿No viste lo que sucedió esta tarde?. –Sí. –Entonces también lo sabes19”. Donoso nos dibuja un misterioso capítulo 23 (en mitad de la obra), que adquiere toda su fuerza sólo una vez culminada la novela, capítulo en el cual una mujer del sur (Petronila Quenchi) que cruza el lago Cucao reconoce en su compañero de lancha a Mañungo Vera. “-¿Eres Mañungo Vera?. – Ojalá fuera… –repuso el bisoño de la guitarra, riendo al ofrecer otro cigarrillo a su compañera de viaje que de nuevo aceptó y dijo: -Será más viejo que tú. Pero es igualito. -¿Era de aquí?. –No. De Dalcahue. O de Curaco de Vélez. No me acuerdo20” El relato no corresponde al tiempo durante el cual transcurre la historia, esto es, las casi 24 horas en que Mañungo recorre distintos sectores de la capital, antes de reencontrarse con su hijo en Mundo Mágico, el parque de Chile en miniaturas y con el cual se da término a la historia. Aquella negación del supuesto Mañungo Vera vuelve a ser mencionada capítulos más tarde pero ahora se expresa en forma de un sueño que ha tenido el propio Mañungo. De esta forma, llegando al final de la novela podemos comprender que este capitulo 23 se convierte en un deja vú del protagonista o en sueño en el cual él se vive como no siendo ese ídolo de ficción, como siendo un anónimo hombre de las tierras sureñas que ha viajado a su verdadera patria y que pretende quedarse en esos territorios por muchos años. La fuerza de acontecimiento, del instante que da tiempo, que inaugura el tiempo (la muerte de Lopito) puede verse plasmada en el particular modo en que el narrador nos ofrece este capítulo 23. No hay un tiempo pasado fundamental que venga a determinar los eventos futuros, por el contrario, la fuerza de la palabra plena, de la reconstrucción y de lo inesperado son capaces de reconfigurar y dar tiempo al psiquismo del sujeto.

  1. Psicólogo PUCV, © Magíster en Filosofía PUCV, © Diplomado en Psicología Clínica PUCV[volver ↩]
  2. Hay ciertas premisas que, diseminadas en el espacio social, han ayudado a crear confusión con respecto al tema del tiempo. Una de ellas es la de pensar en la irreversibilidad del tiempo, en una sucesión lineal inalterable que conforman en este orden, los tres tiempos, pasado – presente – futuro; otra de ellas es la de expresar que el psicoanálisis trabaja exclusiva o sino, al menos principalmente con el tiempo pasado. [volver ↩]
  3. La novela se ambienta en el año 1985, transcurriendo la historia misma en menos de 24 horas. [volver ↩]
  4. Donoso, J. (1986). La desesperanza, p. 61. [volver ↩]
  5. Ibíd., p. 72 [volver ↩]
  6. Ibíd., p. 317 [volver ↩]
  7. Ibíd., p. 174 [volver ↩]
  8. Ibíd., p. 93 [volver ↩]
  9. Ibíd. [volver ↩]
  10. Ibíd. [volver ↩]
  11. Freud. S. (1915/2003). Lo inconsciente, p. 184. [volver ↩]
  12. Kristeva, J. (1998). El escándalo de lo fuera de tiempo, p. 115. [volver ↩]
  13. Ibíd., p. 155 [volver ↩]
  14. Ibíd., p. 116 [volver ↩]
  15. Donoso, J. (1986). La desesperanza, p. 115. [volver ↩]
  16. Lacan, J.(1953-1954/2005).El Seminario: Libro 1. Los escritos técnicos de Freud, p. 28. [volver ↩]
  17. Lopito muere víctima de los maltratos sufridos por los policías que lo han apresado, luego del incidente en el que está involucrado en las afueras del Cementerio General. [volver ↩]
  18. Donoso, J. (1986). La desesperanza, p. 324. [volver ↩]
  19. Ibíd., p. 324 [volver ↩]
  20. Ibíd., p. 185 [volver ↩]

Bibliografía

  • Donoso, J. (1986). La desesperanza. Barcelona: Seix Barral.
  • Freud. S. (1915/2003). Lo inconsciente. En Obras Completas, Volumen XIV. (2° Ed. 10° Reimp.) Buenos Aires: Amorrortu.
  • Kristeva, J. (1998). El escándalo de lo fuera de tiempo. Revue francaise de psychoanalyse, 109-127.
  • Lacan, J. (1953-1954/2005). El Seminario: Libro 1. Los escritos técnicos de Freud. (12° Reimpresión). Buenos Aires: Paidós.
  • Miller, J. (2001). La erótica del tiempo y otros textos. Buenos Aires: Tres haches.