revista ISTMO

El contrato social o la pseudometaforización de Roussseau

Por Jazmín Valdivia Bravo1

No es hermenéutica lo que pretendo hacer en “El Contrato Social” de Jean Jacques Rousseau, quiero trabajar con el autor y todo lo que la reflexión psicoanalítica pueda entregarme cuando a él me refiera, todo lo que alcance a vislumbrar, sin precisar encontrar un sentido más allá de su palabra, de su escritura trazada en letras como signos de verdad, de la verdad de un inconsciente a cielo abierto que emerge y hace presencia en forma de escritura, una escritura trascendente de inspiradora que goza de la atemporalidad que le otorga la locura, manteniéndola siempre contemporánea, “no se cree en las locuras de los hombres sensatos. ¡He aquí perdido un derecho del hombre!2

La creación literaria como simbolización

Es productiva la literatura psicoanalítica al momento de tratar la escritura y su función como formación psíquica, quizás porque la verdad3 que esta nos sugiere desde lo inconsciente aterra para pensar en la propia creación. Es que algo del escritor queda impreso también en lo escrito, algo que él mismo desconoce, algo que insiste en ser escuchado, en ser dicho. Es el deseo el que habla en lo entredicho, y es el papel el que lo sostiene cuando es insoportable para el sujeto, por esto resulta más fácil, o me resulta más fácil, bordear la literatura con significantes que hablen de su función simbólica que simbolizar haciendo literatura.

Refirámonos a la creación. Freud nos habla al respecto - sin duda habla de la creación - y no tan sólo la piensa y la dice, sino también crea. Acceder al Freud creador es aceptar la genialidad que en él habita4, esa genialidad, que se alcanza con la innovación, de poner en acto aquello que emerge de un saber nuevo, un saber inconsciente, que no encuentra lugar en lo dicho sino en lo por decir, en lo por crear, poniendo la palabra al servicio de ello.

En “El creador literario y el fantaseo” (1908 [1907]), Freud relaciona la función de la creación con la función del juego en el niño y de los sueños diurnos en el adulto, todo en cuanto sublimación, que hace más (in)soportable la existencia. Se procura, por tanto, el cumplimiento del deseo en la creación, tal como el trabajo del sueño, que siempre es cumplimiento de deseo. Esta frase, que para el Psicoanálisis resulta un axioma, nos remite al sentido, entendido como articulación simbólica de la relación del sujeto y el Otro y de manera más real al goce que el sujeto alcanza con lo creado.

La creación literaria es metáfora5 , sustitución de palabras, de significantes, de uno por otro, considerando que la creación en tanto fantaseo no es más que repetición, se remplaza un significante que no alcanza a ser dicho por otro, sustituyéndolo y con esto significando. Citando a Freud, “una intensa vivencia actual despierta al poeta el recuerdo de una anterior, las más de las veces una perteneciente a su niñez, desde la cual arranca entonces el deseo que se procura su cumplimiento en la creación poética; y en esta última se puede discernir elementos tanto en la ocasión fresca como el recuerdo antiguo6” , con lo cual, reitero, la escritura, en tanto repetición, es repetición de conflicto.

Escritura como continente de la locura: el autor y su obra

El discurso y la palabra, en tanto articulación simbólica, median la relación del sujeto, el deseo y el Otro; esta articulación permite internalizar al neurótico en la cultura como sujeto de la Ley, quedando así sujeto a la Ley que regula su goce y su búsqueda en el campo del Otro, búsqueda que no es más que el lazo social que establece. En la psicosis, por efecto de la forclusión, esta ausencia de la función del lenguaje como regulación simbólica expone al sujeto psicótico al goce del Otro. Al no existir la barrera del fantasma que lo proteja, su discurso es puro goce, “invasión irrefrenable del goce del Otro, no sometido a la regulación fálica y a la ley que ordena el deseo7”.

El psicótico vive en goce, por lo tanto, no hay falta que motorice su discurso, no hay deseo. Si el sujeto está representado por un significante, no hay búsqueda para el loco, que “es el sujeto que está en contacto inmediato con el objeto precisamente porque no está sometido a tener que metaforizar y metonimizar su relación con él en el encadenamiento de los significantes8”; he ahí la errancia del psicótico, que no media su relación con el Otro a través del deseo ya que en él no hay deseo, por tanto ¿qué escribe el psicótico si su escritura, en tanto creación, no es cumplimiento de deseo?, ¿a quién dirige su escritura?

La escritura del psicótico estaría dirigida a cubrir una falta de pérdida, a cubrir la ausencia de falta. La palabra hecha escritura, en tanto creación, no estaría puesta del lado del deseo, sino del lado de suplir la falta de Nombre del Padre; el agujero que este no advenimiento del significante de la Ley deja en el sujeto de la psicosis, es cubierto por la letra, que permite metaforizar, o más bien pseudometaforizar, corrigiendo así un error de la escritura que insiste en ser corregido, atormentando al psicótico a través de su delirio.

El contrato: regulación con el Otro

Pero vamos a Rousseau. ¿Qué es lo que Rousseau, el paranoico, escribe? ¿qué es lo que dice? ¿de qué nos habla su inconsciente? Hablar de la obra de este pensador es ahondar en sus temáticas recurrentes, en lo que se repite y por lo tanto conflictúa, en cómo a través de la insistencia de la palabra logra encontrar un lugar, el del perseguido, el del revolucionario de ideas. Internarse en la literatura de la psicosis resulta escalofriante, pues el que haya un otro a quien se dirige, el lector, da cuenta de la intención del escritor con lo escrito, aunque más allá de la atención que suscita lo contenido en las ideas de Rousseau, hay un llamado desde lo real que el autor sólo puede contestar desde la creación.

Hablar del establecimiento de un contrato es hablar de la mediación de una relación de uno con otro, en la que la ausencia de un pacto resulta insoportable para ambos. El contrato hace advenir la Ley que regula, más aún cuando esta Ley es imposible de simbolizar. El Contrato Social es un pacto, un pacto social entre Rousseau y el Estado que lo persigue en lo real, y he allí también la falla de su escritura, que no permite visualizar al buen Rousseau las consecuencias de lo letreado que irrumpe con violencia en la sociedad europea del siglo XVIII, empujándolo a la errancia del sin lugar, del sin destino, a la soledad del exilio y de la cárcel.

Pero veamos la intención, si es que se puede hablar de ella. Cuando se está fuera de la Ley, la forma que encuentra Rousseau para insertarse en ella es a través de un nuevo lazo, de un Contrato Social. Esta bella creación, inspiradora de rebeldías y cambios, sólo es pensable cuando se sitúa a su autor estando fuera del pacto social, de lo cultural, en el lugar en el que lo ubica su paranoia, lugar sin lugar, haciendo advenir la certeza en su discurso acerca de las leyes: “no es bueno que el que hace las leyes las ejecute9” , plantea Rousseau, permitiéndose con esto hablar de la familia, la filiación y las funciones parentales, habiendo abandonado a sus cinco hijos. El desapego de los deberes neuróticos le permite la creación, libre de los avatares del discurso por efectos de la represión. Es que no existe la contradicción entre el acto y la pa-labra, porque en la psicosis las palabras no son semblante, son real; Rousseau actúa a través de ellas, es padre en tanto escribe su función: “La familia es pues, si se quiere, el primer modelo de las sociedades políticas: el jefe es la imagen del padre, el pueblo, la de los hijos, y todos, habiendo nacido libres e iguales, no enajenan su libertad sino en cambio de su utilidad. Toda la diferencia consiste en que, en la familia, el amor paternal recompensa al padre de los cuidados que prodiga a sus hijos, en tanto que en Estado, es el placer del mando el que suple o sustituye este amor que el jefe no siente por sus gobernados10”.

De cierta forma podemos encontrar la verdad del discurso rousseauniano, pues su discurso dirigido al Estado, a las leyes que atentan contra la libertad del hombre libre - “el hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive en todas partes entre cadenas”11 -, impugna al Otro, no suponiéndole un saber, sino trayendo una certeza: su obra, sus escritos.

Escritura como delirio sociabilizado: pseudometaforización lograda y fracaso de esta

Rousseau trata su locura con su obra, sin embargo, su metaforización fracasa, por eso es pseudometaforización. La obra, como tentativa de curación, falla cuando el papel desdibuja sus limites de continente de la locura y el delirio de persecución encuentra un co-rrelato en lo real. Rousseau sí es perseguido por su obra, por lo que el Otro, al no darle el lugar de certeza, descompensa lo compensado y emerge el delirio que mortifica; de esta forma, Rousseau se enferma de su prójimo, del otro del Contrato Social. La solución que da el Contrato Social12, “encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con la fuerza común de la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y permanezca tan libre como antes. Tal es el problema fundamental cuya solución da el Contrato Social” , ya no es tal, en la medida que la libertad que alcanza con la certeza que encuentra en sus escritos,
con la verdad que encuentra en ellos, es impugnada con la persecución del Otro, desbordando al sujeto psicótico de goce.


La errancia de Rousseau, ese vagar sin destino, sin rumbo, es lo que podría permitir que su obra tenga un lugar privilegiado, hasta alcanzar el sitial de clásico literario. Es que la certeza que nos ofrece no deja otro lugar más que el de la verdad, una verdad que no se enmarca en la pretensión de reconocimiento, de poder, ya que la reflexión que realiza sobre la libertad del ser humano, en tanto ser social, se sitúa desde otro lugar, que le otorga el arrojo del pensar libre, despojado de las cadenas en las que el neurótico se encuentra entramado, atrapado. Quizás esto nos permite pensar la locura como libertad imposible, situándola en un lugar que debe ser escuchado, como tanto se ha escuchado a Rousseau.

  1. Egresada de Psicología PUCV. Editora Revista Istmo [volver ↩]
  2. Extraído de los Aforismos e intermedios de “Mas allá del bien y el mal” de Nietzsche [volver ↩]
  3. Lacan en “Ciencia y Verdad” reconoce a la escritura como una de las tres formas de sublimación, junto a la ciencia y la religión. [volver ↩]
  4. Jacques Allain Miller desarrolla en “Genio del Psicoanálisis” la genialidad de Freud en tanto inventor del Psicoanálisis, de ahí he extraído estas ideas, además de la estupefacción que me deja la lectura de los textos freudianos. [volver ↩]
  5. Tomo la idea de metáfora planteada por Lacan en “La metáfora del sujeto”, texto de 1961, publicada en los Escritos: “La metáfora es, radicalmente, el efecto de la sustitución de un significante por otro dentro de una cadena, sin que nada natural lo predestine a la función de fora, salvo que se trate de dos significantes, reductibles, como tales, a una oposición fonemática”. [volver ↩]
  6. Freud, S. “El creador literario y el fantaseo”, p. 133 [volver ↩]
  7. Braunstein, N. “Goce”, p. 205 [volver ↩]
  8. Ibíd., p. 196 [volver ↩]
  9. Rousseau, J.“El Contrato Social”, p. 78 [volver ↩]
  10. Ibíd., p.13 [volver ↩]
  11. Ibíd., p. 12 [volver ↩]
  12. Rousseau, J.“El Contrato Social”, p. 23 [volver ↩]

Bibliografía

  • Braunstein, N (2003) Goce. Siglo Veintiuno Editores: México.
  • Freud, S.(2001) Obras Completas. Amorrortu Editores: Buenos Aires.
  • Lacan, J. (2003) Escritos. Siglo Veintiuno Editores: Buenos Aires.
  • Nietzche, F. (1999) Más allá del bien y el mal. Alba Editores: Madrid.
  • Rousseau, J. (1988) El contrato social. Editorial Ercilla: Santiago.