revista ISTMO

Ejercicio para disipar la bruma: Ensayo sobre W o El recuerdo de Infancia, de George Perec

Por Macarena García Moggia1

“Esta bruma insensata donde se agitan sombras -¿Cómo podré disiparla?”… son las palabras de Raymond Quéneau que dan inicio a la primera parte de la particular obra autobiográfica que George Perec publica el año 1975, iniciada su carrera literaria hacía ya más de diez años, llamada “W o El recuerdo de la infancia”2. Dedicada a la letra “e”, la desaparecida en la novela del autor titulada “El Secuestro”, la obra que presentamos se constituye como un homenaje a la ausencia, a la manera de Bartleby3 , bajo cuya sombra tutelar se propone el personaje – y el autor - relatar los acontecimientos que han hecho huella en su existencia: rehusando el intento de colmar la ausencia, característica de la literatura autobiográfica, en “W o El recuerdo de la infancia” es la ausencia de algo lo que ha de regir el avance a través de los surcos rocosos de la memoria por los que Perec y su personaje Gaspar Winckler transitan con el tono frío y sereno del etnólogo, a la manera de un testigo.

Tres son los registros a los que la lectura de esta obra nos permite acceder. De un lado, el relato ficticio de un hombre con identidad cambiada, al que se encarga la misión de ir en busca del verdadero dueño del nombre del pasaporte falso que le ha sido asignado para poder ingresar a Suiza en tiempos de guerra, un niño sordomudo desaparecido quince meses atrás luego de una tormenta que hizo zozobrar el barco en el que navegaba, junto a su madre y cuatro tripulantes más, por los mares de Tierra del Fuego en busca de una isla o un atolón, un lugar utópico que develara el misterio de sus males. De otra parte, la descripción minuciosa de la institucionalidad que organiza la vida en una isla de Tierra del Fuego llamada W, lugar regido por leyes y valores que giran en torno a la competencia deportiva y a un régimen de arbitrariedades completamente desconcertantes, en donde todos los habitantes se ven sometidos al deber de vencer o asumir la más espantosa denigración. W, es necesario señalarlo, representa la reescritura de un cuento escrito por George Perec a los doce años de edad. Por último, en forma transversal al curso de los relatos de ficción, se intercala el relato de un hombre, el autor, que narra en forma no lineal los episodios que componen la historia fragmentada de su infancia; diversos recuerdos se sobreponen, se conjugan unos con otros siguiendo la vía de la libre asociación, se desplazan a través de las páginas utilizando un lenguaje simple, desprovisto de retóricas melifluas, rico en evocaciones y resonancias.

Tres registros entonces que unidos conforman una polifonía de voces que invitan al lector a soltar las riendas de la historia y sumergirse, pues, en la escucha de uno que otro zarpazo de verdad. “El proyecto de escribir mi historia surgió casi al mismo tiempo que mi proyecto de ser escritor” (p.30) confiesa Perec en una de las páginas de W o el recuerdo de la infancia, invitándonos a leer su prosa atentos a la función de re-cuerdo que la moviliza. Nos preguntamos entonces por esta función de recuerdo que da cuerda a la escritura de Perec, para detenernos luego en ciertos elementos de la teoría analítica que los tres registros mencionados nos evocan.

Recordar, volver al corazón dice la raíz, de la mano a Némesis, la vehemente diosa que no olvida, que bordea siempre las aguas torrentosas de Leteo, el río donde van a disiparse los recuerdos. El ejercicio de recordar es un movimiento de revuelta en el que memoria y olvido pugnan por organizar temporalmente los episodios que historizan la vida psíquica: “la memoria y el olvido guardan en cierto modo la misma relación que la vida y la muerte” nos dice Marc Augé, para aludir a este movimiento que, de acuerdo a su tesis, articula el relato que faculta la inscripción del sujeto en el tiempo. En efecto, el psicoanálisis, a rasgos generales, comprende la memoria como una cartografía de huellas psíquicas que constituyen la pérdida originaria, el fondo atemporal en el que van a modelarse nuestras experiencias, y el olvido, como la función de represión necesaria para echar a andar la máquina psíquica. Así, los relatos de la memoria han de instituirse, en su mayoría, como recuerdos encubridores de la pérdida que constituye el fondo mnémico originario, sirviendo de pantalla a estas huellas que sin embargo insisten incansablemente en su inscripción imposible, hacen de plus para el goce, para la repetición infinita fuera del lenguaje.

Recordar, decimos entonces, es hallar los signos (representantes psíquicos) de esta ausencia originaria para inscribirlos precariamente en el trazo de una palabra que liga la memoria a un relato posible, modulándose la atemporalidad del goce que procura la falta de inscripción simbólica. “W o el recuerdo de la infancia”, decíamos, es una obra dedicada a la ausencia: al igual que Bartleby sentado durante horas contemplando el muro del edificio del frente, imaginemos al autor de la obra que comentamos sentado durante horas ante la hoja en blanco, contemplando en el fondo la ausencia, el extrañamiento respecto del origen en el que adviene el recuerdo… “los recuerdos son trozos de vida arrancados al vacío” (p. 72), nos dice. No obstante, a la experiencia de Bartleby agregamos en este caso lo siguiente: sobre ese muro/hoja en blanco, esta vez se dará la primacía a las palabras, a significantes que echan a andar el intento de escribir lo que hace falta…

“Yo no sé si no tengo nada que decir, sé que no digo nada; no sé si lo que tendría que decir no se ha dicho porque es indecible (lo indecible no está escondido en la literatura, es lo que mucho antes la ha desencadenado); yo sé que lo que digo es blanco, es neutro, es signo una vez por todas de un aniquilamiento una vez por todas. Eso es lo que digo, eso es lo que escribo y es eso solamente lo que se encuentra en las palabras que trazo, y en las líneas que estas palabras dibujan, y en los blancos que deja aparecer el intervalo entre estas líneas (…) no encontré jamás, incluso en mi repetición, sino el último reflejo de una palabra ausente en la escritura, el escándalo de su silencio y de mi silencio”. (p. 45)

Mas existe otra dimensión del recuerdo, y esta radica en el intento de volver a establecer conexiones – más o menos libres - entre las huellas mnémicas cuya asociación ha sido denegada por mecanismos represivos. Tal como nos dice Pontalis, la represión, más que actuar en la huella misma, ha de erigirse como bloque que impide la asociatividad entre una huella y otra, de acuerdo a lo cual recordar es abrir las conexiones denegadas a la conciencia por el mecanismo represivo para instituir nuevas vías de asociación, seguir la pista a nuevos rastros hasta entonces desconocidos y adentrarse a explorar en los rincones a los que nos conducen. Es así como Perec, con el dejo de humor que lo caracteriza, confiesa: “tendré la ocasión de perseguir mis lapsus, o desvariar durante dos horas sobre el largo capote de mi papá, o buscar en mis frases –para, evidentemente, encontrarlas de inmediato- las resonancias graciosas del Edipo o de la castración”(p. 45), permitiéndonos situar esta obra al pie del deseo de desanudar los significados establecidos – ejercicio muy cercano a la creación de crucigramas y juegos de palabras que tanto apasionaban a Perec - de manera de acceder a la conformación de nuevos enlaces de significancia y a la rehistorización de la propia infancia.

Nos preguntábamos por la función de recuerdo, y hemos dicho: inscribir la ausencia en el lenguaje, abrir nuevas vías de asociación. Queda, todavía, una tercera dimensión ligada a la función de recuerdo que faculta la creación literaria.

Perec escribe en su autobiografía que un texto de la memoria no resulta “del efecto de una alternativa sin fin entre la sinceridad de una palabra por encontrar y el ejercicio de una escritura preocupada exclusivamente de levantar sus baluartes: (sino que) esto se liga a la cosa escrita en sí misma – nos dice -, al proyecto de escritura así como al proyecto de recuerdo” (p. 45). Escribir sobre la memoria, o desde la memoria, es, pues, en sus palabras, fundamento de la escritura misma, parte del proyecto de escritura y/o del proyecto de recuerdo, que avanzan en la misma dirección. En sus estudios sobre literatura y psicoanálisis, Julia Kristeva reúne justamente estos designios bajo el mismo impulso, impulso que es definido por un movimiento de revuelta: revuelta en el lenguaje, revuelta en la memoria, es decir, re-vuelta de lo fuera-de-lenguaje (la experiencia sensible) en el lenguaje, re-vuelta de lo fuera-de-tiempo (huella mnémica) en el tiempo. La obra de Prust “En busca del tiempo perdido” se constituye, por ejemplo, como un emblema de esta doble experiencia , pues allí una huella - representación inesperada - se une a una experiencia sensible - el placer de una magdalena - para producir lo que Kristeva llama una lengua sensible, una lengua que el escritor logrará transferir a la lengua de la comunidad, traducirla en un lenguaje colectivo. Al decir de Kristeva, la lengua sensible “es una “lengua” entre comillas, un caos y una serie de latidos, de impresiones, dolores y éxtasis en el límite de la inexplicable biología (…) es la verdadera extrañeza, más extranjera que cualquier idioma ya constituido que el escritor pueda usar” ; lugar de la lengua en el que se integra la pulsión, límite entre el sujeto y su dimensión puramente biológica, la Lengua sensible contiene entonces los ritmos y deslizamientos propios de la función poética y evocativa del lenguaje, facultando la emergencia del sujeto de la memoria y la escritura de palabras ‘verdaderas’.

Ejercicio para disipar la bruma es el título que hemos dado a este ensayo en torno a la obra de Perec: disipar la bruma que cubre la ausencia, extraviarse en los surcos denegados de la conciencia, hacer frente a la extrañeza de una revuelta en el lenguaje y el tiempo y lograr traducir la lengua sensible que resulta de ella; es allí, pues, donde hemos de situar el mandato que rige el deseo de W o el recuerdo de la infancia, deseo que emerge y circula a través de pasajes y callejuelas propias de la producción literaria: la ficción, la descripción de un mundo fantástico (o fantasmático), la narración de vivencias de la historia individual y colectiva. Adentrémonos en estos tres registros.

Desde el lugar de la ficción, Perec escribe lo siguiente: “Gaspar Winckler era un niño de ocho años. Era sordomudo, (…) un niño enclenque y raquítico al que su enfermedad condenaba a un aislamiento casi total. (…) Para vencer este estado de postración que la desesperaba, la madre decidió hacerle dar la vuelta al mundo; pensaba que el descubrimiento de nuevos horizontes, los cambios de clima y ritmo de vida tendrían un efecto saludable sobre su hijo y hasta podrían provocar un proceso que tal vez terminara con la recuperación del oído y la palabra, porque todos los médicos consultados sostenían que no había ninguna lesión interna, ninguna falla genética, ninguna malformación anatómica o desarreglo fisiológico que explicara la sordomudez, que sólo podía ser achacada a un traumatismo infantil del que (…) se desconocía el alcance y la duración. (…) Usted me dirá que todo esto tiene poca relación con su propia aventura y no le explica cómo pudo encontrarse bajo la identidad de ese pobre niño”(p. 27).

Estas palabras son proferidas por un Doctor francés llamado Otto Apfelsthal a Gaspar Winckler, hombre refugiado en Suiza que adquiere la identidad de un niño sordomudo, para encargarle la búsqueda y el rescate del verdadero dueño de su identidad, este niño que ha iniciado un viaje en busca de nuevos horizontes y que acabó extraviándose en los atolones de Tierra del Fuego. “¿Se ha preguntado usted qué habrá sido del individuo que le ha dado su nombre?” (p. 22), es la pregunta mediante la cual Apfelsthal lanza a Winckler en busca del niño extraviado, permitiéndonos leer allí una invitación a la búsqueda de la infancia perdida del autor, rescate del niño que escribió a los doce años de edad el relato sobre W. Siguiendo entonces este mandato imaginario11 , Perec se adentra en la reconstrucción de la fantasía de W, relato que viene a ser recuperado treinta años después, vía recuerdo, vía escritura, para “trazar los límites”, “poner un nombre” (p. 11) a este trazo de historia olvidada.

Sólo la ficción, soportada en un movimiento imaginario que desplaza al yo12 , podría, pues, echar a andar el barco que zarpará en el lugar del fantasma, lugar llamado W al que el autor se refiere de esta forma:

“Había allá abajo, al otro extremo del mundo, una isla. Se llamaba W. (…) Su costa no ofrece ningún punto natural de desembarco, sino pocos fondos extremadamente peligrosos por la existencia de arrecifes a flor de agua, acantilados de basalto, abruptos (…) naturaleza profundamente hostil del mundo circundante, el relieve quebrado, la aridez del suelo, el paisaje casi siempre glacial y brumoso” (p. 69). “Lo que es verdad, lo que es seguro, lo que impacta desde el primer momento, es que W es hoy día un país en que el deporte es el rey, una nación de atletas donde el deporte y la vida se confunden en un sólo magnífico esfuerzo” (p. 71). “Los pequeños oficiales, sea cual sea su rango, son todopoderosos ante los Atletas. Y hacen respetar las duras Leyes del Deporte con un salvajismo multiplicado por el terror. Porque están mejor alimentados, porque duermen más y están más relajados, pero su suerte depende para siempre de la mirada iracunda de un Director, de la sombra que pasa por el rostro de un Árbitro, del humor o las bromas de un juez” (p. 158).

En este registro vemos cómo el narrador se sitúa en una posición de espectador, de cierto extrañamiento de lo verdadero que genera una atmósfera de silencio. Este pueblo fantasmático aparece bajo la forma de un cierto retraimiento psíquico, propio de la construcción de un fantasma del que se es ajeno al mismo tiempo que poseedor, que se recuerda pero sin recordar. Al referirse a éste, Perec nos dice: “W no se parece más a mi fantasma olímpico que lo que ese fantasma olímpico se parece a mi infancia. Pero en la red que tejen así como en la lectura que hoy hago, sé que allí está inscrito y descrito el camino que he recorrido, el caminar de mi historia y la historia de mi caminar” (p. 11). W se instituye en los bordes de una realidad fantasmática que encarna el deseo más profundo, que ha trazado los caminos de la propia historia y habrá de definir, pues, el porvenir13 . Sin embargo, esta realidad a la que W14 logra hacer referencia no se limita a una pura construcción individual, ya que presenta la potencia de un impersonal - una singularidad en su expresión más elevada - que traza los contornos de una realidad fantasmática que sustenta la historia con gran H, la Historia reciente de Occidente: la segunda guerra mundial, que no sólo dio muerte a ambos padres de George Perec, sino también a más de seis millones de judíos. Es así como este pueblo inexistente, al que nos invita el autor, encarna lo que Deleuze llama una ‘disposición colectiva de enunciación’… disposición que a nosotros, habitantes del extremo sur del mundo, nos concierne: “Olvidé las razones que, a los doce años, me hicieron elegir la Tierra del Fuego para instalar allí W. Los fascistas de Pinochet se encargaron de dar a mi fantasma una última resonancia. Varios islotes de la Tierra del Fuego son actualmente campos de deportación” (p. 165), escribe Perec en el párrafo final del libro.

Esta doble dimensión de lo individual y lo colectivo, puede verse también en la relación que el autor establece con los relatos que componen el entramado de recuerdos que tejen su propia historia. Perec escribe: “No tengo recuerdos de infancia, afirmaba con seguridad, casi como una suerte de desafío (…) estaba eximido: otra historia, la Grande, la Historia con su gran hache había respondido por mi: la guerra, los campos de concentración” (p. 10). Esta gran Historia ha configurado, así mismo, lo relatos posibles de la historia individual de tantos otros sobrevivientes a la catástrofe, fracturando, a la manera de un trauma, el vínculo entre la experiencia y las palabras… “de ahí en adelante –escribe el autor-, los recuerdos existen, fugaces o tenaces, fútiles o gravosos, pero nada los reúne. Son como esta escritura no ligada, hecha de letras aisladas incapaces de soldarse entre ellas para formar una palabra” (p. 74). El siglo XX nos ha demostrado, en efecto, la impotencia de las palabras para dar cuenta del dolor. Doble esfuerzo entonces, el de Perec: sin intentar devolver la potencia a las palabras, pues no apuesta a recuperar su verdad, inicia un viaje que recorre los caminos exteriores en virtud de las trayectorias interiores que lo componen, que constituyen su paisaje o su concierto, para así avanzar a través de espacios desconocidos, recolectando en la precariedad de una hoja en blanco los restos diseminados de su historia en el descampado brumoso de la Historia, atento a cada rastro, a cada huella que permita nominar la ausencia, otorgarle un lugar en la escritura. En relación al impacto que tiene en su escritura la muerte de su padre y la desaparición de su madre, ocurridas respectivamente a los cuatro y a los seis años de edad, Perec nos dice:

“Escribo: escribo porque nosotros hemos vivido juntos, porque yo he sido uno entre ellos, sombra en medio de sus sombras, cuerpo cerca de sus cuerpos; escribo porque ellos han dejado en mí su marca indeleble y que su rastro es la escritura, su recuerdo está muerto en la escritura: la escritura es el recuerdo de su muerte y la afirmación de mi vida” (p. 46).

Apéndice

Durante cuatro años, desde mayo de 1971 hasta junio de 1975, George Perec hizo análisis. Por datos obtenidos a partir de fuentes terceras, sabemos que ese análisis fue realizado en el diván de J.B. Pontalis, psicoanalista de gran renombre, cuyo aporte al psicoanálisis es indiscutible. De este espacio de transferencia, del cielo raso que unió a ambos en un tiempo analítico, han quedado ciertas huellas cuya dirección hemos de seguir.

La primera de ellas, la referencia que hace J.B. Pontalis, en su libro El amor a los comienzos , de un paciente que da en llamar Pierre G. (justa inversión de las iniciales de George Perec): Pierre G. (callo su nombre menos por discreción que porque el vínculo intenso y tenaz que nos unión en un tiempo sólo se pudo establecer en el secreto compartido) tenía una inmensa memoria dispuesta a recoger - o más precisamente a grabar – todo tipo de informaciones (…) Pécuchet privado de su Bouvard, así era la memoria de Pierre.

Salía a visitar y a explorar lugares, empecinado en aprehenderlos como un alguacil de justicia o como un fotógrafo al acecho (…) Estos inventarios maníacos, relevamientos interminables que debían incluir todos los detalles, hacían nacer en mí una sensación punzante de ausencia. (…) En su memoria había sólo reliquias, ninguna persona (…) La madre de Pierre había desaparecido en una cámara de gas. Debajo de todas las habitaciones vacías que no terminaba de llenar, estaba aquella cámara. Debajo de todos los nombres, los sin nombre. Debajo de todas las reliquias, una madre perdida sin dejar el menor rastro. Un día -¿cuándo fue?- Pierre y yo logramos encontrar palabras que no eran restos, palabras que por milagro se dirigieron a su destinatario desconocido.

Segunda huella. Quince meses después de finalizado su análisis, George Perec publica en la revista Cause Commune, invitado por Jean Davignaud, un texto denominado “Los lugares de un ardid”, cuya traducción se incluye en el primer número de Revista Istmo, tomada del libro de ensayos Pensar/Clasificar. En estas páginas, lo que Perec se propone es escribir sobre la experiencia de su propio análisis: bajo el imperativo de deber decir algo, dio curso al deseo de encontrar en la escritura la huella de lo que allí, en el secreto del análisis, había sido dicho. Entre muchas observaciones notables que logran coger, a nuestro juicio, la riqueza de la experiencia analítica, haciendo hincapié en la modificación que va dándose en la relación que se establece con las propias palabras, rescatamos lo siguiente:

“Planteo desde un principio como evidencia esta equivalencia entre habla y escritura, así como asimilo la página en blanco con ese otro lugar de titubeos, ilusiones, tachaduras que fue el cielo raso del consultorio del analista” (p. 16). “Del movimiento que me permitió abandonar estos ejercicios machacones y acuciantes y me brindó acceso a mi historia y a mi voz, sólo diré que fue infinitamente lento: fue el del análisis mismo, pero yo sólo lo supe después. Antes era preciso que se desmoronara esta escritura, que se erosionara la muralla de los recuerdos hechos, que se desplomaran mis refugios raciocinantes. Era preciso que yo volviera sobre mis pasos, que retomara ese camino recorrido cuyos hilos había destruido” (…) El análisis “duró el tiempo en que mi historia se pone en orden: se fue dada un día, con sorpresa, con asombro, con violencia, como un recuerdo restituido a su espacio, como un gesto, como un calor reencontrado” (p. 21).

Del cielo raso a la hoja en blanco, de los ejercicios machacones a la propia historia, a la propia voz… la tercera huella: W o el recuerdo de la infancia, escrita entre 1970 y 1974, en cuyas páginas la escritura se desmorona, se erosiona el muro de los recuerdos, se inician recorridos múltiples a través de caminos cuyos puentes se habían destruido. En W o el recuerdo de infancia la historia individual y colectiva es puesta en orden, se restituye el espacio de los recuerdos en un gesto literario que brinda acceso a los trayec888tos interiores que componen la obra. En el registro de la ficción, el autor crea un personaje - el doctor francés Otto Apfelsthal - que recrea al verdadero doctor francés - Jean- Bertrand Pontalis -, con lo cual intenta representar tal vez, en un plano imaginario, la invitación que el analista realiza a embarcarse en los recorridos falsos, fugaces e inconexos que establecen los recuerdos en la conciencia, para finalmente atravesar el velo que cubre la falta por medio del lento desciframiento del fantasma de la infancia, lograr devolver el cuerpo a las palabras, hallar una palabra que no sea resto, sino rastro que haga de fuga… para la vida.

  1. Egresada de Psicología PUCV, Diplomado en Etnopsicoanálisis PUCV, editora revista ISTMO. [volver ↩]
  2. Traducida por Gloria Casanueva y Hernán Soto, y editada por Lom, Santiago de Chile, 2005. Todas las citas a la obra pertenecen a esta edición. [volver ↩]
  3. Novela escrita por Melville, el año 1856, cuyo personaje central es Bertleby, un copista de Wall Street. [volver ↩]